Las personas mayores presentan características particulares que requieren un abordaje más amplio en el cuidado de su salud. A nivel fisiológico, el envejecimiento conlleva un deterioro progresivo de la función de los órganos y sistemas, lo que reduce la capacidad del organismo para recuperarse ante distintos tipos de estrés. Como consecuencia, aumenta la vulnerabilidad del adulto mayor tanto para enfermar como para desarrollar algún grado de discapacidad funcional.
En esta etapa de la vida es más frecuente la presencia de enfermedades crónicas y de presentaciones atípicas de diversos padecimientos. Cuando estas no se detectan de manera oportuna y adecuada, pueden afectar no solo la salud física, sino también la salud mental y las relaciones sociales de la persona.
Por ello
El cuidado integral del adulto mayor va mucho más allá del tratamiento de enfermedades: implica preservar la funcionalidad, la autonomía y la calidad de vida, considerando de manera conjunta las esferas física, mental y social.
¿Qué es la valoración geriátrica integral?
La valoración geriátrica integral es un proceso de evaluación y atención multidisciplinaria que tiene como finalidad diseñar un plan individual de intervenciones preventivas, terapéuticas o de rehabilitación para el adulto mayor. Su objetivo principal es preservar o mejorar su independencia y su calidad de vida en la medida de lo posible.
Este enfoque no solo considera los problemas físicos del paciente, sino que también integra aspectos funcionales, cognitivos y sociales, ofreciendo una visión global de su estado de salud.
Es importante resaltar que para que la valoración sea útil, se debe establecer un plan de seguimiento que haga constar los beneficios de la aplicación de los planes o tratamientos que se están usando.
¿Qué áreas se toman en cuenta?
Área física
Constituye un componente esencial de la valoración geriátrica integral y se orienta a la identificación de enfermedades, síndromes geriátricos (como la inmovilidad, las caídas, el deterioro cognitivo, incontinencia urinaria, entre otros) y factores de riesgo, como la presencia de déficits auditivos o visuales que puedan comprometer la funcionalidad y la autonomía del individuo. Una de las principales finalidades de evaluar el área física es prevenir complicaciones por enfermedad y la hospitalización.
Este proceso se caracteriza por integrar la historia clínica, la revisión de los fármacos que se prescriben (para evitar un uso excesivo) y la exploración física completa. Adicionalmente, se debe evaluar la capacidad de la marcha (caminado) y el equilibrio.
Además de una exploración física general, si hay sospechas de una enfermedad o condición particular, el médico puede mandar a hacer estudios de sangre o de imagen.
Área funcional
Su propósito principal es identificar limitaciones en las actividades que realiza la persona y establecer el nivel de dependencia (si lo hay) para orientar intervenciones que preserven en lo posible la autonomía y calidad de vida de la persona mayor.
Desde una perspectiva clínica, la funcionalidad se evalúa a través de dos áreas principales: las actividades básicas de la vida diaria (ABVD) y las actividades instrumentales de la vida diaria (AIVD). Las ABVD incluyen funciones esenciales de autocuidado, como alimentarse, bañarse, vestirse, usar el sanitario y moverse. Por su parte, las AIVD comprenden tareas más complejas que permiten la vida independiente en la comunidad, tales como el manejo del dinero, la preparación de alimentos, el uso del transporte, la administración de medicamentos y la realización de tareas de limpieza u organización en casa.
Área nutricional
Se evalúa el estado nutricional del adulto mayor para identificar:
- Desnutrición (incluyendo sobrepeso u obesidad)
- Riesgo de desnutrición
- Problemas relacionados con la alimentación (anorexia, problemas de deglución o masticación, entre otras)
Además de cuestionarios de valoración nutricional, se toman medidas antropométricas (talla, peso, índice de masa corporal, circunferencia braquial o de brazo y de pantorrilla) para evaluar el estado de la composición del cuerpo (particularmente grasa y músculo) y se pueden mandar a pedir estudios bioquímicos en sangre para detectar deficiencias de ciertos nutrientes.
Área cognitiva y emocional
Permite detectar deterioro cognitivo leve o demencia en etapas tempranas, así como alteraciones en el estado de ánimo (como depresión o trastorno de ansiedad) que pueden afectar la calidad de vida de la persona mayor.
Existen diversos instrumentos de valoración de las funciones cognitivas que facilitan una exploración amplia de las mismas.
Área social y entorno
Se analizan las condiciones sociales, familiares y del entorno en las que vive la persona, con el objetivo de identificar factores de riesgo que influyen en su salud, funciones y calidad de vida. Para esto, se deberá tomar en cuenta:
- Las redes de apoyo disponibles
- La situación económica de la persona
- Condiciones de vivienda
- Acceso a servicios de salud
- Integración de la persona en su comunidad
¿Quiénes participan?
La valoración geriátrica integral no es responsabilidad de una sola persona, sino un proceso donde diferentes profesionales de la salud aportan información para entender y tratar al adulto mayor de forma integral. Lo recomendable es que desde un inicio, un médico geriatra haga una valoración general y que pueda recomendar, según los resultados, la intervención de otros profesionales. Según sea el caso, podrá ser necesario o recomendable que también participen enfermeros, nutriólogos, médicos especialistas (como cardiólogos, urólogos, dermatólogos, entre otros) trabajadores sociales, psicólogos, neuropsicólogos y/o fisioterapeutas.
Si bien, lo ideal es que la atención sea interdisciplinaria, se puede adaptar según los recursos disponibles (no siempre es posible pagar o tener acceso a varios profesionales), por ejemplo, dando prioridad a las esferas que se están viendo más afectadas en el momento.
¿Qué pasa si no se evalúa al adulto mayor de manera integral?
No hacer una valoración geriátrica integral puede llevar a la toma de decisiones clínicas poco individualizadas, que no responden a las necesidades reales del paciente. Esto puede llevar a un mayor riesgo de deterioro funcional, dependencia, institucionalización (ingreso a una residencia geriátrica) y a una disminución de la calidad de vida. Por ejemplo, centrarse exclusivamente en una enfermedad tiende a omitir aspectos como las alteraciones en la funcionalidad y el estado cognitivo o emocional del paciente, que podrían estar afectando de manera importante su vida diaria.
Entonces, la falta de una evaluación integral puede favorecer la falta de diagnóstico de condiciones como el deterioro cognitivo, fases iniciales de demencia, depresión o desnutrición, condiciones que al no ser identificadas oportunamente, pueden progresar y contribuir al deterioro global de la persona.
Conclusión
Las personas mayores presentan cambios fisiológicos que aumentan su vulnerabilidad a enfermedades, discapacidad y pérdida de autonomía, frecuentemente en el contexto de la presencia de enfermedades crónicas. Por ello, su cuidado debe ser integral, considerando no solo la salud física, sino también la funcionalidad, el estado cognitivo, emocional y social.
Aunque la valoración integral del adulto mayor requiere tiempo y, en muchos casos, más de una sesión de entrevistas y análisis, constituye una herramienta fundamental para obtener una visión global del paciente. Asimismo, brinda al médico y al equipo de salud la posibilidad de establecer objetivos y diseñar planes de cuidado individualizados, orientados a mejorar la calidad de vida del paciente, independientemente de su estado al momento de la evaluación.
No realizar esta valoración puede llevar a decisiones clínicas incompletas, mayor riesgo de deterioro, dependencia y peor calidad de vida, además de retrasar el diagnóstico de condiciones médicas importantes como son la demencia, depresión o desnutrición.
