Hay una idea que me gusta mucho, quizá porque contradice buena parte de lo que solemos escuchar: los que de verdad aman la vida no son necesariamente los jóvenes, sino muchas veces quienes ya han vivido bastante como para saber lo que cuesta estar aquí. La frase atribuida a Sófocles lo dice de manera hermosa: “Los que en realidad aman la vida son aquellos que están envejeciendo.” Y mientras más lo pienso, más sentido tiene.
Cuando uno es joven, da muchas cosas por hechas. El cuerpo responde, el mañana parece garantizado, la pérdida todavía es una palabra lejana. Se vive, sí, pero no siempre se aprecia. En cambio, con los años, la vida deja de ser una promesa abstracta y se vuelve algo mucho más concreto: un café a tiempo, una conversación en paz, una mañana sin dolor, una llamada, una buena noticia, un recuerdo que llega sin lastimar. Quizá por eso muchas personas mayores aman la vida con una intensidad silenciosa que no siempre se nota, pero que está ahí.
«No porque ignoren la fragilidad, sino precisamente porque ya la conocen.«
Tal vez el gran error de nuestra época ha sido mirar la vejez desde afuera, casi siempre con prejuicios. La vemos como pérdida, como disminución, como antesala de la dependencia, y rara vez como una etapa con sentido propio. Luis Rojas Marcos lo ha dicho muy bien: «Las expectativas adversas sobre la vejez suelen estar basadas en la ignorancia o en premisas falsas.» Y creo que eso explica muchas cosas.
Hay quien envejece peleado con el espejo, con el calendario, con el cuerpo, con las nuevas limitaciones. Pero también hay quien envejece reconciliándose. No feliz todos los días, por supuesto. No idealicemos.
«Envejecer trae duelos, despedidas, cansancio, incertidumbre. Pero también puede traer una especie de verdad interior que antes no estaba tan disponible.»
Me gusta mucho otra frase, atribuida a F. Javier González Martín: “El elixir de la eterna juventud está escondido en el único lugar en donde a nadie se le ocurre buscar, en nuestro interior.” No habla de juventud como apariencia, sino como disposición. Como capacidad de asombro. Como flexibilidad. Como deseo de seguir sintiendo interés por algo.
Hay personas de ochenta años que conservan intacta esa juventud interior, y otras de cuarenta que ya llevan años renunciando a vivir con entusiasmo.
«No siempre coinciden la edad cronológica y la edad del alma. A veces envejece antes la esperanza que el cuerpo.«
Y sin embargo, nunca habíamos tenido tantas posibilidades reales de vivir más y mejor. También en eso Rojas Marcos pone el dedo en una verdad importante: hoy, con una prevención moderada, una vida larga y saludable ya no debería ser un privilegio excepcional, sino una posibilidad bastante más amplia. Eso cambia por completo la conversación sobre la vejez. Ya no hablamos solo de llegar; hablamos de cómo llegar.
Y ahí es donde todo se vuelve más personal.
Porque una buena vejez no se improvisa a los setenta u ochenta años. Se va construyendo mucho antes: en la forma en que uno duerme, se alimenta, se mueve, ama, se adapta, perdona, pide ayuda, cultiva vínculos, tolera la soledad y se habla a sí mismo. Envejecer bien no depende únicamente de la biología. También depende del relato interior con el que cada quien acompaña su vida.
Por eso me parece tan dura y tan lúcida la frase atribuida a García Márquez: “El secreto de una buena vejez no es otra cosa que un pacto honrado con la soledad.” No dice resignación. Dice pacto honrado. Es distinto. Porque llega una etapa en la que uno entiende que cierta soledad no se elimina: se aprende a habitar. Se vuelve espacio de reflexión, de memoria, de conversación con uno mismo. Cuando esa soledad se acepta, deja de ser enemiga. Cuando se niega, se vuelve un peso insoportable.
También hay algo que nos envejece antes de tiempo, y no siempre lo notamos: pensar demasiado en la edad. Lichtenberg lo resumió de forma impecable «Nada nos hace envejecer más rápido que estar pensando sin descanso en que nos estamos haciendo viejos.» Cuántas personas se marchitan más por la idea de envejecer que por la edad misma. Como si el miedo les robara por adelantado los años que todavía podrían vivir con plenitud.
En cambio, hay otra forma de mirar este proceso. Ingmar Bergman lo expresó con una imagen bellísima «Envejecer es como escalar una gran montaña; las fuerzas disminuyen, sí, pero la mirada se vuelve más libre, más amplia y más serena». Me parece una de las definiciones más nobles de la vejez. Porque reconoce el desgaste, pero también la ganancia. Menos velocidad, acaso; pero más perspectiva. Menos impulso; pero más comprensión.
Y entonces aparece una frase final que, leída desde la juventud, suena romántica, pero leída desde la madurez suena casi sabia. Robert Browning: “¡Envejece conmigo! Lo mejor está aún por llegar.” Qué frase tan valiente. Decir eso en un mundo obsesionado con lo joven casi parece un acto de rebeldía. Pero también es una declaración de confianza: confiar en que la vida no se agota en su primera mitad, en que hay belleza después del apogeo, en que todavía queda algo bueno, acaso más sereno, más hondo, más verdadero.
Yo quiero creer que sí. Que envejecer no es ir saliendo de la vida, sino entrar en otra manera de vivirla.
Que no todo lo mejor ocurre temprano.
Que hay una clase de amor por la existencia que solo aparece cuando uno ya entendió que nada es para siempre, y aun así decide abrir la ventana, tender la cama, contestar el teléfono, cuidar una planta, esperar a alguien, empezar de nuevo.
Quizá y después de todo…
«La verdadera juventud no está en la piel tersa ni en la fuerza intacta, sino en seguir diciéndole sí a la vida cuando ya conocemos su precio»
Autor: Dr. Juan Pablo Ledesma Heyer. Médico Internista y Geriatra. Conferencista, autor y divulgador de temas relacionados al envejecimiento desde un enfoque integral y humanista. Fundador del proyecto EnVejezSer.

