El área IV (relato novelesco)

I. LA NOCHE Y LA COMPAÑÍA FOTOGRÁFICA



Era un día como cualquier otro. Yo era un estudiante de quinto semestre de Medicina en la Universidad de Guadalajara, y la necesidad me llevó a buscar un empleo nocturno. Conseguí el puesto de enfermero industrial en una de las compañías más importantes del país: la Compañía Fotográfica de Occidente. Una planta inmensa, con edificios cerrados y con una tecnología de punta, los sonidos nocturnos eran una mezcla de zumbidos constantes y de máquinas que nunca dormían.

Mi turno comenzaba a las once de la noche y terminaba a las seis cuarenta y cinco de la mañana, justo a tiempo para alcanzar mi primera clase en el viejo Hospital Ayala del IMSS. Algunas noches tomaba el camión de los empleados; otras preferían caminar desde Plaza del Sol, admirando las casas amplias y los jardines silenciosos bajo la luz amarillenta de los faroles.

Al llegar, me colocaba la bata blanca y saludaba a los vigilantes —hombres serios, algunos con pasado militar— antes de cruzar los corredores y llegar al pequeño departamento médico. Las primeras horas eran tranquilas: curaciones menores, alguna cefalea, un resfriado. Pero con el tiempo comencé a escuchar historias… historias sobre el Área IV.

Era la más alejada de todas, un sector muy importante ahí me decía guardaban la plata. Decían que en los años anteriores habían ocurrido accidentes, y hasta muertes inexplicables; Mario, un operario especializado, solía contar que a veces escuchaba pasos o voces cuando el turno se quedaba vacío, yo, escéptico por formación, nunca les di importancia. Hasta aquella noche.



II. LA NIÑA Y EL INGENIERO



Eran la una treinta de la madrugada cuando uno de los vigilantes —Luis, un tipo alto y callado— apareció en la enfermería. “Doctor, tenemos un problema en el Área IV: un ingreso desconocido… y un empleado en crisis.”

“¿A esa hora?”, pregunté. “¿Cómo llegó alguien hasta allá? Hay tres filtros de seguridad.” 
Luis bajó la mirada. “No lo sabemos; Gustavo ya está en camino.”

Tomé mi maletín y salimos. La noche estaba fría, el viento arrastraba hojas secas, y la planta parecía un animal dormido, respirando por sus tubos de ventilación. A lo lejos se oían zumbidos metálicos y el eco de nuestros pasos sobre el cemento, cuando llegamos al ascensor que conducía al segundo nivel del Área IV, un guardia nos detuvo. “Mario está adentro”, dijo nervioso; “Dice que habló con el ingeniero Romel.”

Romel… aquel nombre me heló, hacía cinco años que el ingeniero había muerto, víctima de un infarto precisamente en esa área, decidimos separarnos; Gustavo subiría por las escaleras y Luis y yo tomaríamos el elevador, el aparato se sacudió al arrancar, rechinando como si algo lo empujara desde las sombras. Al abrirse las puertas, encontramos a Mario sentado en el suelo, con la mirada perdida, murmurando sin parar: “La niña… la niña…”

Me arrodillé junto a él. “Mario… Mario ¿qué niña?” 
“El ingeniero Romel me pidió que la cuidara… que no la dejara sola.” 
“¿Romel? Mario, eso no es posible.” 
“Tomé su mano… me dijo que se llamaba Paty… tenía sueño…” Su voz se quebró, “El elevador se apagó… y de pronto ya no sentí su mano… solo un aire frío… y una voz… una voz que decía ‘papá… papá…’”

Intentamos calmarlo, pero su mirada seguía fija en el vacío. No respondía. Solo repetía aquellas palabras como un rezo descompuesto, lo llevamos a la enfermería, pero al amanecer su mente seguía ausente; días después dejó el trabajo sin despedirse y nadie volvió a verlo.



III. SOMBRAS DEL ÁREA IV



Con el tiempo, el rumor creció. Algunos vigilantes aseguraban ver una figura pequeña cruzar los pasillos, otros escuchaban risas infantiles mezcladas con el eco de las máquinas apagadas; Gustavo y Luis renunciaron poco después, sin dar explicaciones. Yo seguí trabajando todo un año más, evitando todo cerca del Área IV más, sin embargo, una madrugada el jefe de seguridad me pidió acompañarlo a una inspección, el área había quedado solo con acceso a personal de ese lugar y a los rondines de la guardia nocturna…reloj en mano y tiempos de recorrido desde aquel incidente, pero la alarma de movimiento se había activado. Al abrir la reja, una ráfaga helada nos golpeó el rostro, el olor a sales de plata y humedad era sofocante, avanzamos entre sombras; las lámparas parpadeaban. De pronto, una de ellas estalló, y en el reflejo fugaz del vidrio roto me pareció ver la silueta de una niña, con el cabello recogido y un vestido blanco, corrí hacia donde había estado, pero solo hallé un muñeco de trapo empolvado, sentado sobre una caja metálica…. Esa fue mi última experiencia en esa área IV de la Compañía Fotográfica de Occidente.

Han pasado décadas desde entonces, la vieja planta fue demolida, y en su lugar se levantó un centro comercial moderno, lleno de luces, música y gente, sin embargo, los vigilantes del turno nocturno aún cuentan historias: sombras que cruzan los pasillos cerrados, voces que susurran entre los locales vacíos, un ascensor que a veces se inicia o se detiene solo y reproduce un leve lamento infantil.

Dicen que a veces, cuando todo está en silencio, se oye una voz que llama en la oscuridad: 
—Papá… papá…—

Yo nunca volví a ese lugar. Pero cada vez que paso frente a aquel centro comercial, una brisa fría me recorre la espalda…. No sé si es el viento, o si en el fondo de mi mente aún escucho el eco del Área IV.


Escrita en Diciembre de 1975. Relato testimonial ficcionado. Se cambiaron nombres para no mencionar los verdaderos.

Autor: Genaro Gabriel Ortiz. Nacido en Guadalajara, Jalisco. Médico Cirujano y Partero, Profesor y miembro del Sistema Nacional de Investigadores (SNI), Presidente de la Sociedad de Geriatría y Gerontología de Jalisco (SOGEJAL) en México.

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