Cuidar sin deshumanizar. Seguir siendo personas cuando requerimos de cuidados…

Hay preguntas que no caben en una consulta médica. Una de ellas es ¿Cómo cuidar sin deshumanizar?

¿Cómo acompañar a una persona que requiere apoyo, sin reducirla a su enfermedad, a sus riesgos o a lo que ya no puede hacer?

He aprendido que algunas de las preguntas más importantes de la vejez no se responden con una receta médica.

A veces la consulta médica empieza con una presión arterial elevada, una caída reciente o una alteración de la memoria. Pero, detrás de esos motivos de atención, suelen aparecer preguntas más profundas:

¿Qué significa seguir siendo una misma persona cuando el cuerpo ya no responde como antes?

¿Cómo se conserva la dignidad cuando se requiere apoyo para bañarse, vestirse o comer?

¿Cómo se cuida sin deshumanizar?

La medicina nos enseña a reconocer enfermedades. La geriatría, en cambio, nos obliga a mirar trayectorias de vida.

Una persona mayor no llega a la consulta solamente con un diagnóstico; llega con una biografía. Llega con una forma de haber amado, trabajado y resistido. Llega, incluso cuando ya no puede contarlo todo, con una historia que merece ser reconocida.

Sin embargo, cuando aparece la dependencia funcional, la mirada social suele estrecharse. La persona comienza a ser descrita por lo que ya no puede hacer. Poco a poco, el lenguaje de la pérdida puede ocuparlo todo. Y cuando eso ocurre, corremos el riesgo de olvidar algo esencial: requerir cuidados no cancela la condición de persona.

Vivir con dependencia no debería significar desaparecer:

La autonomía puede cambiar, disminuir o requerir apoyos; pero la dignidad no se pierde por necesitar cuidado.

Una persona puede requerir apoyo para casi todo y, aun así, seguir siendo alguien. No “un caso”, no “una carga”, no “un pendiente familiar”. Alguien.

En la práctica clínica he visto que el problema no es solo la enfermedad, sino cómo interpretamos la discapacidad. Se confunde seguridad con control, y silencio con ausencia. Pero cuidar no es únicamente hacer cosas por otra persona; cuidar es acompañar una vida que sigue ocurriendo.

Los cuidados implican tareas concretas, pero no pueden reducirse a una suma de procedimientos. También implican mirar a los ojos, pedir permiso y respetar el ritmo. La dignidad habita en los detalles: elegir la ropa, conservar un peinado o ser llamado por el propio nombre sin ser infantilizado. Cuidar nos demanda presencia moral; nos obliga a distinguir entre facilitar la vida o simplemente administrar una carencia.

También nos obliga a mirar a quienes cuidan. Detrás de cada situación de dependencia funcional hay parejas, hijos y amigos que sostienen lo que el sistema no siempre alcanza a ver. Personas que cuidan con afecto, pero también con cansancio y soledad, mientras postergan sus propios proyectos de vida.

Una sociedad que habla de longevidad sin hablar de cuidados se queda a la mitad de la conversación.

Admiramos la independencia, pero no siempre reconocemos que la interdependencia forma parte de la vida humana. Todas las personas dependemos de los demás. Lo que cambia con la vejez no es la existencia de la dependencia funcional, sino su visibilidad. Aceptar esto nos haría menos soberbios y más justos.

La pregunta no debería ser solo cómo evitar depender de otras personas, sino cómo construir una sociedad en la que requerir cuidados no sea una forma de exclusión. La dignidad en la vejez no puede depender de la suerte; tendría que ser una promesa colectiva.

Tal vez eso es lo que muchas veces no cabe en la consulta médica convencional. No cabe la historia de quien ya no recuerda nombres pero sonríe con una canción conocida. No cabe la pregunta silenciosa: ¿todavía me ven?”.

La respuesta debería ser sí. Te vemos. Vemos tu historia y tu derecho a estar aquí de una manera propia. Vemos que cuidar de ti es reconocer una responsabilidad humana compartida.

Como bien se dice en este espacio de «Seguir pedaleando», vivir es mantenerse en movimiento para no perder el equilibrio. A veces, ese equilibrio ya no se logra en soledad; requiere de alguien que sostenga el cuadro de la bicicleta mientras nosotros seguimos dando las pedaleadas que nos corresponden. Porque envejecer con dignidad no es necesariamente conservar intactas todas las capacidades, sino seguir siendo reconocido como alguien valioso.

Cuidar bien consiste en eso, en ser el apoyo que permite que el otro siga avanzando.

Porque una vida no pierde sentido cuando requiere apoyo, y porque incluso en la fragilidad más profunda o en el silencio más largo, alguien permanece. Y ese alguien merece ser visto…

Autor: Eduardo Sosa Tinoco. Geriatra y Médico Internista. Maestro en Salud Pública y Envejecimiento. Desde la práctica clínica, la docencia y la formación de personas cuidadoras, ha trabajado en torno al envejecimiento, la vejez, la salud, la dependencia funcional, los cuidados a largo plazo y la dignidad de las personas mayores.

Ver más de

Publicidad