La transformación del nido (reflexión personal)

Hoy, al ver a través de mi ventana, contemplaba un par de pajaritos, de estos grisáseos que viven en cualquier parte, ellos dos construían un nido, un nido que sería el albergue de una familia, y vino a mi mente la forma como mi esposo y yo construimos el hogar en el que nos convertimos en padres y la forma como llegaron las alegrías, las amenazas, las tragedias, los sinsabores y toda clase de experiencias que vivimos las familias a lo largo de los años.

Me quedé pensando en cómo nos conocimos, nos enamoramos y tomamos decisiones, la forma en que emparejamos estudios, trabajo, maternidad y paternidad, lo que pasamos al enfrentarnos los dos solos a un cambio de ciudad y todo lo que llegó con él. Nuevos lugares, nuevas amistades, nuevas costumbres, nuevas prioridades, y nuevamente todas las emociones que nos acompañaron a lo largo de la crianza de nuestros cuatro hijos. Estos hijos que se convirtieron en tres caballeros y una dama, con sus gustos, sus inteligencias, sus habilidades, sus metas, sus sentimientos y sus voluntades únicas.

Han pasado casi 44 años desde la construcción del nido que un día se vio rebasado en su capacidad y que hoy contemplamos casi vacío. Pero queda en él aún los retornos de los hijos, las alegrías de los nietos, las satisfacciones de vida con cada uno de sus logros, la contemplación de los estados de ánimo de cada uno de ellos, pero sobre todo, la compañía de dos que un día, sin saber demasiado de la vida, decidieron juntar sus almas y sus vidas para hacerla una sola.

Hoy ese hogar se viste con nuevas ilusiones, se coloca en una posición distinta frente a la vida y el advenimiento de lo que todos sabemos que un día llegará. Pero no con un pesimismo, ni una melancolía, sino con un entusiasmo renovado por los nuevos proyectos, los nuevos retos, los aprendizajes; que muchos de ellos, han debido ser forzados para no bajarnos del tren bala de esta modernidad que nos mueve cada día.

«En este momento, los proyectos ya no son hacia adentro, son teniendo la mirada en la comunidad a la que pertenecemos, con nuevos deseos de trascendencia, de una espiritualidad renovada, mejor comprendida.»

Ya no corremos por los hijos, ni por servir la mesa en punto del medio día, ni por los horarios del trabajo, hoy caminamos con calma, asegurando nuestros pasos para que continúe el siguiente. Hoy respiramos y contemplamos nuestros amaneceres y atardeceres de una forma distinta, con admiración, con agradecimiento.

Hacemos planes sí, a corto plazo; deseando cumplirlos y entonces, continuar con el siguiente. Nos seguimos preparando para el futuro incierto, pero que sí tiene proyectos alcanzables.

Gozamos a los hijos y los nietos desde otro lugar, desde la admiración, el respeto y el amor incondicional. Hoy podemos amarnos, cuidarnos, estar atentos de nuestras necesidades y deseos, y en muchos casos, podemos cumplirlos.

«Y por todo esto, estamos profundamente agradecidos con un Dios que nos ha sostenido, nos ha guiado y ha iluminado nuestros senderos para encontrar los caminos.«

Nuestra invitación para ti que nos lees, es que mantengas la esperanza, la alegría de vivir y la mente clara para alcanzar tus metas mas preciadas, que todo tiene un tiempo y un espacio para que ocurra o no, y que si sabemos perseverar, esperar, ceder, avanzar y entusiasmarnos por nuevas metas, seguro llegamos, a veces mas tarde, a veces mas rápido y a veces nunca, pero el mantenernos positivos respecto a nosotros, nuestra salud, nuestras capacidades y nuestras habilidades nos impulsa en el largo camino que es esta maravillosa vida.

Y el nido se transformó y nuevamente, solo alberga a dos.

Escrito por Alma Cecilia Bustamante Cañedo (nacida en 1960). Tanatóloga infantil, acompañante de niños en duelo y niños con cáncer. Catequista, madre de cuatro y abuela de tres.

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