Microviejismos: cómo las palabras definen la forma en que se trata a los que nacimos antes

Las palabras no golpean.
O eso creemos.

No dejan moretones. No fracturan huesos. No aparecen en las radiografías. No se consignan en certificados médicos. No suelen formar parte de una denuncia.

Pero lastiman...

Lastiman cuando nombran mal. Cuando disminuyen. Cuando reducen. Cuando convierten a una persona en caricatura de su edad. Cuando sustituyen el nombre propio por una categoría blanda, doméstica, aparentemente cariñosa: “abuelito”, “viejito”, “pobrecita”.

En México hablamos con ternura. Esa es una virtud. También puede ser una trampa.

Nos gusta suavizar la vida con diminutivos. Decimos “cafecito”, “ratito”, “favorcito”, “viejito”. A veces el diminutivo abraza. A veces aprieta. A veces cobija. A veces encierra.

No toda ternura es buen trato...

Hay frases que decimos sin pensar:

“Ya chochea”

“A su edad ya para qué”

“Está muy lúcido todavía”

“No le expliques, no va a entender”

“Los adultos mayores son como niños”

“Pobrecito, ya está grande”

Las decimos en la mesa, en la consulta, en la fila del banco, en el hospital, en la sala familiar. Las decimos con prisa. Con costumbre. Con supuesta gracia, con cariño mal educado…

Los microviejismos en el trabajo suelen pasar desapercibidos porque se expresan como “comentarios inocentes”, decisiones aparentemente prácticas o hábitos culturales que finalmente afectan la dignidad, bienestar y oportunidades laborales de las personas mayores. Imagen generada por IA.

Son microviejismos...

Pequeñas partículas de edadismo que flotan en el lenguaje cotidiano. Parecen inofensivas. No lo son. Cada una transporta una idea: que envejecer es perder valor; que la vejez es torpeza; que la persona mayor entiende menos, decide menos, desea menos, importa menos.

El maltrato rara vez empieza con un golpe. Antes hubo un ensayo. Antes alguien dejó de mirar a la persona mayor a los ojos. Antes alguien habló de ella en tercera persona mientras estaba presente. Antes alguien decidió por ella. Antes alguien dijo: “es que ya no entiende”. Antes alguien la llamó necia cuando en realidad estaba defendiendo su autonomía. Antes alguien confundió cuidado con dominio.

El lenguaje prepara el terreno...

Una sociedad que repite “los viejitos son como niños” acaba tratando a las personas mayores como menores de edad. Una familia que dice “ya no le toca preocuparse” termina excluyéndolas de las decisiones. Un médico que habla solo con el hijo y no con la paciente confirma, sin querer, que la edad ha desplazado a la persona.

La violencia visible tiene raíces invisibles...

Una de ellas es el edadismo. Esa forma de discriminación que usa la edad como sentencia. No pregunta quién es la persona. No escucha su historia. No mide sus capacidades. No reconoce sus deseos. Solo mira los años y concluye.

Concluye demasiado rápido

Ser mayor no significa ser incapaz. Ser dependiente no significa ser niño. Tener olvidos no significa “chochear”. Necesitar ayuda no significa haber perdido el derecho a decidir. Estar enfermo no cancela la dignidad. Vivir muchos años no vuelve menos valioso el tiempo que queda.

El tiempo que queda también es vida...

“A esa edad ya para qué”, dice alguien. Para estar mejor. Para aliviar el dolor. Para aprender. Para reconciliarse. Para viajar. Para amar. Para escribir. Para bailar. Para hacerse unos lentes. Para arreglarse los dientes. Para iniciar una terapia. Para cambiar de opinión. Para seguir siendo.

Mientras hay vida, hay biografía en movimiento...

El problema no es ayudar. El problema es ayudar sin preguntar. El problema no es cuidar. El problema es cuidar borrando. El problema no es acompañar. El problema es acompañar sustituyendo.

Hay una diferencia ética enorme entre decir: “usted no puede” y preguntar: “¿le gustaría que le ayudara?”. La primera frase despoja. La segunda ofrece. Una invade. La otra respeta. Una convierte la edad en incapacidad. La otra reconoce a la persona.

El buen trato empieza ahí: en la pregunta.

¿Cómo quiere que le diga?
¿Qué necesita?
¿Qué prefiere?
¿Qué le preocupa?
¿Cómo quiere participar?
¿Qué desea hacer ahora?

Preguntas simples. Preguntas revolucionarias.

Porque devuelven voz...

Tal vez necesitamos una higiene del lenguaje para envejecer mejor como sociedad. Revisar las palabras con las que hablamos de los demás y, más difícil todavía, las palabras con las que nos hablamos a nosotros mismos.

El edadismo también se internaliza. Un día alguien dice: “ya estoy viejo para aprender”. “Ya no me toca”. “Ya no sirvo”. “Ya no vale la pena”. La sociedad habló tanto por dentro que la persona terminó creyéndole.

«Ese es uno de los triunfos más tristes del prejuicio: cuando la víctima aprende a repetirlo.«

Por eso combatir los microviejismos no es un capricho lingüístico. Es prevención. Es ética. Es salud pública. Es cultura del buen trato. Es una forma de detener la cadena del maltrato antes de que avance.

No basta con indignarnos ante el abuso físico, financiero o psicológico si todos los días seguimos alimentando el desprecio pequeño. El desprecio pequeño también educa. También acostumbra. También anestesia.

«El buen trato no consiste solo en no dañar. Consiste en reconocer.«

Reconocer que una persona mayor tiene nombre, tiene historia, tiene pudor… Tiene deseo, tiene miedos y tiene proyectos. Tiene derecho a equivocarse, a resistirse, a cambiar de opinión. Tiene derecho a recibir apoyo sin entregar su autonomía como pago.

Quizá debamos empezar por lo mínimo:

No decir “abuelito” a quien no es nuestro abuelo.
No decir “pobrecita” cuando podemos decir “¿qué necesita?”.
No decir “ya chochea” cuando podemos decir “algo le está pasando”.
No decir “no va a entender” cuando podemos explicar mejor.
No decir “a esa edad ya para qué” cuando podemos preguntar “¿para qué quiere vivir mejor?”.

«Las palabras no son inocentes. Tampoco son destino. Pueden herir, pero también reparar.«

Seguir pedaleando es eso: corregir el rumbo mientras avanzamos. Darnos cuenta de que la cultura del maltrato no solo vive en los actos extremos, sino en los hábitos pequeños. En la frase heredada. En la broma fácil. En el diminutivo que empequeñece. En el silencio que excluye.

Envejecer no debería ser ir perdiendo lugar en la conversación...

Una sociedad decente se reconoce por la forma en que habla de quienes dependen de otros, de quienes ya no producen al ritmo esperado, de quienes caminan más lento, de quienes necesitan ayuda, de quienes han vivido mucho.

También se reconoce por la forma en que les habla…

«Porque al final, todos estamos envejeciendo. La vejez no es un país extranjero. Es una orilla hacia la que caminamos desde que nacemos.«

Conviene cuidar el lenguaje con el que la nombramos.

Algún día podría ser el lenguaje con el que nos nombren...

Autor: Juan Pablo Ledesma Heyer. Médico Internista y Geriatra. Conferencista, autor y divulgador de temas relacionados al envejecimiento desde un enfoque integral y humanista. Fundador del proyecto EnVejezSer

Ver más de

Publicidad