Prudencia médica: reflexionar antes de obedecer

Hay una forma de soberbia muy discreta en medicina: creer que la recomendación de hoy ya encontró, por fin, la forma definitiva de la verdad. No sucede así. La medicina avanza corrigiéndose. Cambia porque aprende, y aprende porque antes se equivocó, simplificó o exageró. La historia clínica de la humanidad no es una línea recta; es un camino de ida y vuelta, de entusiasmos, de rectificaciones y de silencios.

Por eso la prudencia no es una debilidad del médico. Es su forma más seria de inteligencia.

Ivan Illich (pensador austriaco) vio con lucidez el peligro de una medicina que se vuelve omnipresente y termina apropiándose de la experiencia humana. En Medical Nemesis advirtió que la vida puede ser colonizada por la lógica del diagnóstico, la dependencia y la prescripción.

La flebóloga canadiense Ghislaine Lanctôt, desde un registro mucho más radical y discutible, también denunció la captura del paciente por un sistema médico-industrial. No es necesario compartir sus excesos para reconocer que ambos tocaron una cuerda real: la medicina puede convertirse en un idioma que explica demasiado y escucha poco. Esa es la puerta de entrada a la medicalización.

Pero también existe el otro extremo: el rechazo ingenuo a toda guía, como si el juicio personal bastara para corregir décadas de investigación. No. La medicina basada en evidencias surgió precisamente para ordenar el desorden de la práctica, jerarquizar la calidad de la prueba y reducir la arbitrariedad. Su intención no fue suprimir el criterio clínico, sino volverlo más honesto.

Las revisiones sistemáticas pesan más que la anécdota; los ensayos aleatorizados, más que la intuición; las series pequeñas, menos que la evidencia acumulada. Pero incluso así, ninguna guía piensa por nosotros.

La historia del huevo ilustra bien esta tensión. Durante décadas se repitió que el colesterol dietario era un enemigo casi personal. Comer huevo parecía una imprudencia. Sin embargo, con el tiempo, la relación entre colesterol en la dieta y riesgo cardiovascular fue matizada por una visión más compleja del patrón alimentario, del contexto metabólico y del conjunto de la dieta. Hoy muchos textos ya no demonizan al huevo de la misma forma. No porque la ciencia “se contradiga”, sino porque aprendió a mirar mejor. Lo que cambió no fue la realidad del huevo, sino la profundidad con que mirábamos al paciente.

Lo mismo ocurrió con el tabaco, que alguna vez fue presentado como elegante, relajante e incluso compatible con el bienestar. Y algo semejante pasó con la cocaína, que tuvo usos médicos reales, fue incorporada a formulaciones y luego quedó desenmascarada como una sustancia de alto potencial adictivo y tóxico.

La medicina y la cultura tardan en reconocer que no todo lo antiguo es benigno ni todo lo nuevo es progreso. A veces el error está en confundir la familiaridad con la inocencia.

También hay lecciones farmacológicas muy concretas. Rofecoxib fue retirado tras evidenciarse un aumento en el riesgo de eventos trombóticos, incluidos infarto y accidente cerebrovascular. Terfenadina, antes muy usada, terminó desplazada por el riesgo de arritmias y prolongación del QT. Son recordatorios duros de algo elemental:

que un fármaco aprobado no queda exento de revisión, y que la eficacia aparente en el corto plazo no inmuniza contra el daño tardío...

En ese paisaje de rectificaciones hay una de las historias más elocuentes de la medicina contemporánea: la del alcohol como posible cardioprotector. Durante décadas, una parte importante de la literatura observacional sugirió que el consumo ligero o moderado podía asociarse con menos enfermedad coronaria.

Esa idea encontró un vehículo perfecto en la llamada “paradoja francesa”, una observación epidemiológica que el periodismo convirtió en relato casi mítico: Francia parecía tener menos infartos de lo esperable pese a una dieta rica en grasa, y el vino tinto apareció como explicación seductora. La cultura hizo el resto. La copa dejó de ser solo una bebida y empezó a parecer un acto de salud.

La farmacología también tiene memoria, y a veces la memoria llega tarde.

Pero la epidemiología observacional no prueba causalidad. A veces muestra una asociación real; a veces muestra un espejismo. En el caso del alcohol, la vieja literatura estaba contaminada por sesgos clásicos: los “sick quitters”, es decir, exbebedores enfermos que terminaban dentro del grupo de abstemios; la confusión por nivel socioeconómico, dieta, ejercicio, obesidad, acceso a salud y otros factores de estilo de vida. Quizá no era el vino el que protegía. Quizá eran las condiciones sociales de quienes podían beber “moderadamente”. El problema no era solo metodológico; era narrativo. Queríamos una historia bonita y la encontramos antes de terminar de probarla.

Con el tiempo, esa historia fue perdiendo fuerza. La evidencia europea y de la OMS fue mucho más clara: el alcohol causa al menos siete tipos de cáncer —oral, faringe, laringe, esófago, hígado, colon y recto, y mama en mujeres—, y no existe una cantidad segura libre de riesgo para la prevención del cáncer. La idea de “tomar un poco porque es bueno” quedó herida de muerte por la propia evidencia acumulada. Incluso consumos bajos se asocian con mayor riesgo en determinados desenlaces, y para cáncer de mama incluso pequeñas cantidades importan.

Aquí la medicina tuvo que corregirse a sí misma sin rodeos: el vino no es una medicina del corazón; es una sustancia con riesgos reales.

No se trata de moralismo. Se trata de biología. El etanol y su metabolito acetaldehído son carcinógenos; además, el alcohol puede elevar presión arterial, favorecer arritmias, empeorar el sueño, aumentar caídas y complicar el control metabólico. En personas mayores, la ecuación se vuelve más delicada porque la farmacocinética cambia, la masa muscular disminuye, la fragilidad aumenta y la polifarmacia vuelve peligrosas combinaciones que antes parecían inofensivas. La copa de los sesenta no pesa igual que la copa de los ochenta. El cuerpo envejecido tiene menos margen para el error.

Estudios en los últimos años muestran que el alcohol aumenta el riesgo de padecer al menos siete tipos de cánceres, incluyendo cáncer de colon y de mama. No se ubica una cantidad segura para su consumo: entre menos se ingiera, mejor. Foto tomada de pexels

Y, sin embargo, la medicina tardó en deshacer el encanto. ¿Por qué? Porque la idea era útil. Porque sonaba moderada. Porque permitía una moral del placer sin culpa. Porque la industria del alcohol supo beneficiarse del relato del “consumo responsable” mientras el mercado del vino se sostenía sobre la reputación de la salud. No hace falta imaginar una conspiración centralizada para reconocer que una narrativa favorable abre mercados, suaviza advertencias y da prestigio. El consumo moderado fue, durante años, una excelente pieza de comunicación.

Este tipo de vaivén no es exclusivo del alcohol. También lo hemos visto en el azúcar y la grasa, en el huevo y el colesterol, en el café, que pasó de sospechoso a posible protector en ciertos contextos, y en múltiples hábitos convertidos en mandatos de salud o productividad. Dormir “mucho” o levantarse “temprano” se transformaron en consignas casi morales.

El problema no es que la ciencia cambie; el problema es que solemos comunicar la hipótesis como si fuera sentencia.

Por eso conviene volver a la pregunta central: ¿qué debe hacer un médico ante una guía? Mi respuesta es simple y quizá incómoda: debe leerla, entenderla, pero no rendirse ante ella. La guía orienta; no absolve de pensar. La evidencia homogeneiza lo razonable; no sustituye el discernimiento frente a una persona concreta. Un geriatra lo sabe mejor que nadie:

El paciente real rara vez cabe por completo en la media estadística. La fragilidad, la soledad, la función, la memoria, la familia y la biografía cambian el sentido de cada indicación.

Pensar dos veces no es dudar de todo. Es revisar si lo recomendado sigue siendo válido para quien está delante. Es preguntarse si el beneficio supera el daño. Es reconocer que la medicina puede curar, pero también puede imponer, simplificar y, a veces, colonizar la vida. Illich nos recordó que el riesgo de la medicina no es solo el error técnico; es la transformación del ser humano en paciente perpetuo. Y eso obliga a una ética de la prudencia.

La mejor medicina, entonces, no es la que habla con mayor contundencia, sino la que sabe corregirse sin humillar al pasado. Hoy no recomendar alcohol como cardioprotector no es una derrota. Es un acto de madurez científica. Significa reconocer que una observación atractiva no basta para convertir una costumbre en receta. Significa también mirar con respeto a los pacientes mayores, que merecen menos dogmas y más conversación.

Quizá ahí esté la lección más amplia de todas:

la medicina no debería aspirar a ser infalible, sino responsable.

Y la responsabilidad empieza cuando aceptamos que una guía puede ser útil, pero nunca sustituirá el acto humano de pensar…

Referencias

Illich I. Medical nemesis: the expropriation of health. New York: Pantheon Books; 1976.

Sackett DL, Rosenberg WMC, Gray JAM, Haynes RB, Richardson WS. Evidence based medicine: what it is and what it isn’t. BMJ. 1996;312(7023):71-2.

World Health Organization Regional Office for Europe, International Agency for Research on Cancer. No level of alcohol consumption is safe for our health. Copenhagen: WHO Regional Office for Europe; 2023.

Autor:  Juan Pablo Ledesma Heyer. Médico Internista y Geriatra. Conferencista, autor y divulgador de temas relacionados al envejecimiento desde un enfoque integral y humanista. Fundador del proyecto EnVejezSer.

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