De una mujer olvidada en un hospital alemán a los biomarcadores del siglo XXI
Hay enfermedades que llegan a la medicina como un trueno. Otras entran despacio, casi en silencio, y tardamos décadas en comprender que no eran una rareza, sino una de las grandes tragedias humanas de nuestro tiempo. La enfermedad de Alzheimer pertenece a este segundo grupo.
Hoy hablamos de Alzheimer en la sobremesa, en los consultorios, en las residencias, en las familias. Decimos “mi mamá ya no recuerda”, “mi esposo repite lo mismo”, “mi abuela se perdió”, “mi papá ya no es el de antes”. Pero durante mucho tiempo esa pérdida progresiva de memoria, lenguaje, juicio e independencia fue considerada poco más que una consecuencia natural de envejecer.
«Como si la vejez trajera consigo, de manera inevitable, la renuncia a la identidad.«
La historia del Alzheimer es, en buena medida, la historia de cómo la medicina fue dejando de encogerse de hombros ante el deterioro cognitivo. Es la historia de una enfermedad que primero se vio al microscopio, luego se nombró, después se discutió, más tarde se midió con biomarcadores y hoy comienza —apenas comienza— a ser modificada por tratamientos.
Pero vayamos al principio.
Auguste Deter: el rostro humano del descubrimiento
En 1901, una mujer alemana llamada Auguste Deter ingresó al hospital psiquiátrico de Frankfurt. Tenía apenas 51 años. No era una anciana. Su problema no era sólo tristeza, locura o “nervios”. Había empezado a olvidar, a confundirse, a perder palabras, a desconfiar de su esposo, a extraviarse dentro de su propia vida.
El médico que la atendió se llamaba Alois Alzheimer. Era un psiquiatra y neuropatólogo alemán, perteneciente a esa generación de médicos que no se conformaban con describir conductas: querían mirar el cerebro. Alzheimer interrogó a Auguste con detalle. En una de las escenas más famosas de la historia de la medicina, ella no podía recordar su propio apellido, no podía escribir correctamente, no podía seguir instrucciones simples. A la pregunta “¿qué está comiendo?”, respondía con desconcierto. A veces parecía saber que algo terrible le ocurría, pero no podía nombrarlo.
Cuando Auguste murió en 1906, Alzheimer estudió su cerebro al microscopio. Encontró dos lesiones que se volverían célebres: unas placas fuera de las neuronas y unos ovillos dentro de ellas.
«Aquello no era simple debilidad mental. Había una enfermedad material, visible, inscrita en el tejido cerebral.«

Durante décadas, sin embargo, el descubrimiento quedó encerrado en una categoría estrecha. Se hablaba de “enfermedad de Alzheimer” cuando la demencia aparecía antes de los 65 años, como en Auguste Deter. Cuando el deterioro ocurría en edades avanzadas, se le llamaba “demencia senil”. La distinción parecía lógica: una cosa era enfermar joven; otra, “deteriorarse por viejo”.
Pero esa separación era engañosa...
Katzman y el gran giro de 1976
En 1976, el neurólogo Robert Katzman publicó un editorial que cambió la historia moderna del Alzheimer. Su planteamiento fue sencillo y revolucionario: la llamada demencia senil y la enfermedad de Alzheimer presenil eran, en esencia, la misma enfermedad. Clínicamente se parecían. Patológicamente también. Las placas y los ovillos estaban ahí.
Katzman hizo algo más que corregir una clasificación. Le quitó a la demencia de la vejez el disfraz de “normalidad”. Si la demencia senil era Alzheimer, entonces no se trataba de un destino inevitable, sino de una enfermedad importante, frecuente, devastadora y necesitada de investigación.
Ese cambio fue enorme. Nombrar correctamente una enfermedad modifica la manera en que la sociedad la mira…
Lo que antes podía considerarse “cosas de la edad” empezó a verse como un problema médico, familiar, social y económico de primera magnitud.
A partir de ahí, la medicina comenzó a perseguir una pregunta:
¿qué causa el Alzheimer? (ver parte 2).

Autor: Juan Pablo Ledesma Heyer. Médico Internista y Geriatra. Conferencista, autor y divulgador de temas relacionados al envejecimiento desde un enfoque integral y humanista. Fundador del proyecto EnVejezSer.

