Hace como un mes supe que un amigo de mi hermano Arturo (ya finado), llamado Víctor, de 67 años, estaba hospitalizado por una anemia muy severa que requería transfusión de sangre. Juan, mi hermano, fue a donar sangre y a visitarlo al Hospital Civil de Guadalajara. Después de un mes de estar ahí y de hacerle muchos estudios, se concluyó que su anemia había sido por mala alimentación y lo dieron de alta.
Víctor, siempre independiente, había vivido en bodegas, salía a la calle de día a vender dulces, chicles, botanas, etc., ahí mismo comía comprando comida en cualquier lugar y regresaba a dormir. Lo veíamos a veces en el centro de la ciudad siempre sonriendo y optimista.
«Nunca pedía ayuda, decía que todo estaba bien.»
Su accidente fue antes de cumplir un año de edad y desde entonces quedó parapléjico, tuvo cuatro hermanos que fueron a vivir a Estados Unidos y casi se olvidaron de él. Muy rara vez le llamaban por teléfono para preguntar cómo estaba. Cuando fue hospitalizado, él les llamó y ellos sólo le dijeron que lo lamentaban deseándole que se recuperara.
Cuando fue dado de alta, mi esposo y yo acompañamos a mi hermano Juan a recoger a Víctor y lo llevamos a la bodega que le prestaban para vivir. Era un espacio muy pequeño, sucio, lleno de cosas al parecer inservibles o descompuestas, y algunas cajas de mercancía, parecía un basurero. Arañas y ratas por todos lados. Una cocinita sucia con un refrigerador que al abrirlo estaba oxidado y sucio, inservible. Un pequeño baño y un pequeño patio.
Víctor estaba muy débil, le compramos comida, se la dimos en la boca y le dejamos más comida. Regresaríamos al otro día.
Esa bodega la cerraban a las 8 pm y la abrían a las 10 am. Los fines de semana permanecía cerrada con llave.
Al día siguiente fue mi hermano Juan y encontró que Víctor tenía diarrea y no había alcanzado el recipiente que usaba de baño; lo limpió y lavó todo, además limpió lo mejor que pudo el lugar. Cada día que iba encontraba lo mismo, y los dueños de la bodega ya no lo querían ahí. Ahí comenzó la peregrinación para buscar un asilo para él. La familia no contestaba el teléfono ni los mensajes, por lo que quedó en calidad de incapacitado en situación de abandono.
Durante muchos días estuvimos buscando algún albergue para que fuera atendido y en ningún lado lo aceptaron porque estaban rebasados. Por fin se le consiguió un cuarto y alguien que lo atendiera a cambio de una cuota que cubriríamos varios conocidos.
Uno de los asilos que fuimos a visitar, en donde albergan personas sin hogar en situación de calle, fue fundado por una enfermera jubilada llamada Juanita, quien lo formó al ver a tantas personas abandonadas que acababan en la calle. Alguien le prestó una casa de dos plantas sin pago de renta, y vive de donativos en especie. Ella no recibe dinero. El gobierno se encarga de la atención médica, los insumos y el pago del personal. Juanita vive ahí mismo, dice que siempre quiso hacer eso y que le da felicidad. El lugar está hecho para albergar a 20 personas y ella tiene a 38. El que en otro tiempo fue patio, fue techado con láminas traslúcidas y se colocaron cuatro camas. No hay ningún espacio para otra cama (hasta en su oficina tiene a un viejito) y ahora se está construyendo un tercer piso para albergar a más personas.
Ella nos llevó a Juan, su esposa Margarita y a mí a conocer el sitio. Al entrar, en un pequeño espacio que pudo haber sido la sala anteriormente, estaban un grupo de voluntarios guardando una carga de alimentos que acababan de llegar. Ahí junto estaba la cocina en donde varias personas estaban preparando la comida. Entramos y había muchas pequeñas habitaciones de aproximadamente 2.5 x 2.5 m con dos camas en cada una. Además, había camas en espacios donde no se obstruyera el paso. Todo olía a limpio. Juanita nos contó que casi todos los ancianos estaban en fase terminal, algunos con cáncer, otros con distrofia muscular, Alzheimer, demencia, Parkinson, parapléjicos, con insuficiencia renal, etc. Todos tenían un común denominador: eran abandonados con o sin familia. Ella se dirigía a ellos como sus niños, con mucho cariño pero con firmeza.
«Nos dijo que morían 3 ó 4 cada mes, así es que calculaba que en una semana aceptaría a Víctor.»
Cuando salimos de ahí le dije a Juan mi hermano que yo no me sentiría bien de que Víctor estuviera ahí, y que era mejor buscarle un lugar privado y pagar entre varios voluntarios, lo cual se hizo.
El motivo de escribir esto es porque me impresionó mucho la situación de los ancianos abandonados en ese albergue. Todos estaban tranquilos, limpios y esperando, esperando, esperando… la muerte.
Era la una de la tarde de un miércoles, todos estaban sentados o acostados en su cama, su mirada vaga y triste, casi todos con ese color de piel que tienen los que están cerca de fallecer (pálido, con un tono entre amarillento y gris). Ninguno sonreía, pocos contestaban el saludo. Sin televisión, sólo viendo a la nada. Cada uno de ellos con su propia historia.
«Si no fuera por la luz de Juanita en ese lugar, todo sería gris.»
Nadie debería terminar su vida así. Todos quieren adoptar niños abandonados, pero a muy pocos les preocupa un anciano y menos si no es de su sangre.
Pienso en un proyecto que podría llamarse “Adopta a un abuelito”, en el que una familia reciba en su hogar a una persona mayor en situación de abandono. Más allá de brindarle cuidados básicos, el objetivo sería ofrecerle compañía, integración familiar y, sobre todo, amor.
El programa podría sostenerse con donaciones de personas que, aunque no pueden cuidar directamente a alguien, sí desean apoyar. Así, la familia que cuida obtendría un ingreso que le permitiría dedicar tiempo al cuidado; por otro, la persona mayor tendría la oportunidad de vivir en un entorno familiar, acompañado y atendido.
Incluso, en caso de que la familia tuviera que ausentarse temporalmente, podría contemplarse la opción de un albergue provisional, asegurando que el adulto mayor nunca se quede solo.
«La historia de Víctor nos recuerda que la vejez no debería vivirse en soledad ni en el olvido; el trato que damos a quienes llegan al final de la vida habla de quiénes somos como sociedad.«
Relato testimonial. Escrito en Guadalajara, Jal., Mayo de 2019
Autora: LHB (69 años de edad). Apasionada de todo lo relacionado con la salud, la música, el arte y la naturaleza. Alguien que intenta poner su granito de arena en un mundo donde aún nos falta mucho por cambiar.

