¿Qué modelo de vejez estamos promoviendo como sociedad?

A propósito del 28 de agosto:

Día Internacional de las Personas Mayores

La visión de la vejez en el tiempo

No es raro que la vejez se asocie con pérdida, enfermedad y dependencia en las sociedades actuales. Sin embargo, adentrándonos un poco en la historia, veríamos que esta manera de entender la vejez no ha sido constante a lo largo del tiempo.

«La forma en que las sociedades han valorado y definido a las personas mayores ha cambiado de acuerdo con las circunstancias históricas, culturales y demográficas».

En muchas sociedades antiguas, la edad se asociaba con experiencia, autoridad, prestigio y sabiduría. Todos hemos escuchado hablar de las gerontocracias de la antigua Grecia y Roma, en donde las decisiones importantes eran tomadas por grupos de hombres mayores, y en muchas culturas tradicionales, incluidos numerosos pueblos indígenas de México, el “consejo de ancianos” era una figura importante de autoridad, encargado de orientar, aconsejar y procurar la convivencia armoniosa dentro de la comunidad.

Pero ¿quiénes eran realmente esos viejos de los que hablan los relatos históricos?

Llegar a edades avanzadas antes del siglo XX era mucho menos frecuente que ahora: una persona considerada «vieja» podía tener 40, 50 o 60 años. Además, eran pocas las personas que alcanzaban los 75 u 80 años. Por esto, no podemos asumir que el contexto de la vejez de ese entonces sea necesariamente comparable al que tenemos hoy. Es posible que muchas de las personas que alcanzaban edades avanzadas conservaran un importante grado de autonomía hasta etapas cercanas al final de su vida.

Lo anterior nos permite comprender una transformación fundamental:

“no solamente hemos aumentado la esperanza de vida; también han cambiado las condiciones en las que se vive la vejez”.

¿Qué implica el aumento en la esperanza de vida?

Los avances tecnológicos y en el área de la medicina han permitido que muchas más personas sobrevivan a enfermedades y lesiones que antes podían causar una muerte temprana. Por lo tanto, cada vez más personas llegan a los 75, 80 o 90 años e incluso más. Algunas viven muchos años (incluso décadas) con enfermedades crónicas o condiciones que afectan su capacidad funcional, pero al mismo tiempo, disponemos de medicamentos, prótesis, auxiliares auditivos, rehabilitación y otras tecnologías que pueden reducir el nivel de discapacidad y favorecer la autonomía.

El aumento de la longevidad ha sido indudablemente uno de los grandes logros de la humanidad, pero no podemos dejar de lado las grandes responsabilidades que a su vez esto implica:

  • Construir sociedades capaces de asistir y acompañar una vida más larga
  • Prevenir la discapacidad evitable
  • Mantener la autonomía en lo posible
  • Garantizar los cuidados cuando sean necesarios

Adicional al aumento de la esperanza de vida, tenemos otro fenómeno global que está modificando de manera importante la estructura poblacional: la sostenida disminución de la natalidad que se observa en regiones de todo el mundo. Por lo tanto, al menos durante las próximas décadas, la población de personas mayores continuará en aumento.

“Una sociedad con más personas mayores necesariamente nos hace replantearnos qué significará envejecer y qué lugar tendrá la vejez en los años venideros”. 

Los derechos humanos en la vejez: la brecha que todavía no se cierra

Las personas mayores presentan un mayor riesgo de enfrentar condiciones de salud y de vida que las ponen en una situación de vulnerabilidad, tales como:

  • Enfermedades crónicas
  • Deterioro cognitivo
  • Dependencia funcional
  • Dependencia económica
  • Aislamiento social

Es importante aclarar que la vulnerabilidad no es una consecuencia inevitable de envejecer, sino del encuentro entre cambios en la situación o estado de la persona, y un entorno que no ofrece suficiente respeto, apoyo o protección.

Hablar de derechos humanos en la vejez implica reconocer que envejecer no significa perder dignidad, independientemente de las condiciones de vida y de salud que se tengan. Las personas mayores conservan los mismos derechos que en cualquier otra etapa de la vida. Estos incluyen:

  • Recibir un trato digno y respetuoso en todo momento
  • Tomar decisiones sobre su propia vida
  • Acceder a servicios de salud y cuidados adecuados
  • Tener seguridad económica, vivienda y protección social en esta etapa de la vida
  • Participar activamente en su comunidad
  • No padecer cualquier tipo de maltrato o de discriminación

Sin embargo, y como pasa muy a menudo, la brecha entre reconocer teóricamente estos derechos humanos y las condiciones en la que muchas personas mayores viven en el mundo continúa siendo grande. Aunque normativamente tengan los mismos derechos que cualquier otra persona, en su vida cotidiana persisten situaciones de:

  • Discriminación por edad
  • Maltrato y/o abandono
  • Dependencia económica
  • Falta de acceso a cuidados o sistemas de salud de calidad

“Ciertamente, para que los derechos humanos en la vejez sean una realidad, se requieren políticas públicas, servicios accesibles, redes de apoyo, pero antes que todo, un cambio profundo en la manera en que la sociedad entiende y trata a las personas mayores”.

El concepto del envejecimiento exitoso

El creciente número de personas mayores que habrá en las próximas décadas, la deficiencia en los servicios de salud y en los sistemas de pensiones, entre otras cosas, nos obligan –casi inevitablemente- a pensar que deberemos llegar a ser adultas o adultos mayores más o menos funcionales.

En consulta, cuando preguntamos a los pacientes cómo les gustaría envejecer, suelen responder alguna de estas tres cosas:

  • “En pleno uso de mis facultades mentales”
  • “De acuerdo a mis ideales” 
  • “Sin necesitar ser cuidado por otros ni convertirme en una carga”

El concepto de “envejecimiento exitoso” surgió en la segunda mitad del siglo XX, y ha ganado terreno paulatinamente desde finales de la década de 1980. Aunque el principal objetivo de este concepto es «extender los años de vida saludable y funcional en el adulto mayor», no existe todavía un consenso sobre qué significa “envejecer exitosamente” ni sobre cómo medirlo de manera más o menos objetiva.

Quizá lo anterior es inevitable, porque el éxito es, en primer lugar, un concepto sumamente subjetivo. Lo que una persona considera una buena vejez puede ser muy diferente para otra:

«para alguien, envejecer exitosamente puede significar conservar la independencia física; para otra, mantener sus relaciones, disfrutar de su familia o tener estabilidad económica en esta etapa de la vida».

Además, “envejecer exitosamente” no significa necesariamente llegar a la vejez sin enfermedades. Una persona puede vivir con enfermedades crónicas y, aun así, conservar autonomía, relaciones y una buena calidad de vida. El problema aparece cuando el concepto se interpreta como una obligación de mantenerse sano, activo, independiente y productivo durante la vejez. Bajo esta mirada, la enfermedad, la discapacidad o la necesidad de recibir ayuda pueden percibirse como un fracaso personal.

Promover un modelo en el que las personas lleguen a la vejez sin ninguna enfermedad o condición de salud (que requiera de apoyos) sería poco realista. Pero sí es posible construir condiciones en las cuales, aun con limitaciones, las personas mayores conserven la mayor autonomía posible y puedan contiunuar participando activamente en su comunidad. Foto tomada de pexels

¿Qué ocurre entonces con quienes envejecen con una enfermedad o una discapacidad?

Son muchos los factores que influyen en la forma en que llegamos a la vejez. Si bien es cierto que varias situaciones pueden prevenirse o modificarse, no podemos ignorar factores como la herencia, las condiciones sociales y económicas, el acceso a los servicios de salud y otras circunstancias que, hoy sabemos (estudios lo prueban), pueden influir de manera importante en cómo llegamos y cómo vivimos la vejez.

Por ello, más que exigir una determinada forma de envejecer, quizá deberíamos aspirar a construir condiciones que permitan a cada persona vivir esta etapa de la vida con la mayor autonomía posible, pero también con dignidad, apoyo, participación y la posibilidad de recibir cuidados cuando los necesite, sin que esto vulnere su dignidad o sus derechos.

Una sociedad que envejece también tiene que cambiar

Existe además una contradicción. Por un lado, hablamos de envejecimiento activo, saludable o exitoso; pero, por otro, recibimos mensajes frecuentes de los medios de comunicación que, de una u otra manera, presentan la vejez como un problema:

  • Publicidad que presenta la vejez como algo que debe ocultarse o evitarse
  • Productos que prometen “no parecer mayor”
  • Idealización de la juventud

La globalización ha favorecido la circulación mundial de modelos culturales, valores y estilos de vida “ideales”. Entre ellos se ha extendido una idea de éxito muy vinculada con la juventud, la productividad, la eficiencia y el consumo. En consecuencia, no ser próspero, suficientemente productivo o joven puede percibirse como una condición negativa que debe evitarse o corregirse. Esta valoración contribuye al edadismo, al asociarse el envejecimiento con la pérdida de valor, capacidad o utilidad.

Paradójicamente, la globalización también ha sido una herramienta para combatir la discriminación por la edad, dando difusión a conceptos que en los últimos años han adquirido una dimensión internacional:

La globalización ha favorecido también la difusión de tecnologías y avances biomédicos en distintas partes del mundo. Esto ha ampliado las posibilidades de prevención, tratamiento y rehabilitación en los adultos mayores, ayudándoles a conservar o recuperar la funcionalidad y la autonomía ante lesiones o enfermedades.

Por lo tanto, promover una vejez digna no significa únicamente pedir a las personas mayores que se mantengan activas, saludables o independientes en lo posible. También implica transformar el entorno y la cultura en los que se envejece:

  • Construir ciudades accesibles
  • Sistemas de salud adecuados
  • Oportunidades de participación
  • Protección frente al abuso y la discriminación
  • Sistemas de cuidados de calidad  
  • Espacios donde las personas mayores puedan seguir tomando decisiones y ejerciendo sus derechos

El cuidado y acompañamiento como responsabilidad compartida: un reto importante

Sí bien es cierto que, con el paso de los años, aumenta la probabilidad de vivir con enfermedades crónicas, limitaciones funcionales o algún grado de dependencia, parece existir cierta resistencia social a reconocer esta realidad.

Minimizar o negar una realidad es un recurso psicológico común en todas las personas ante circunstancias de la vida que consideramos “altamente demandantes, complicadas o denigrantes”, porque aceptarlas implica que debemos hacerles frente de algún modo. Por esto, para muchas personas, sobre todo las que aún no alcanzan la mediana edad, aceptar que pueden llegar a ser personas mayores dependientes puede ser sumamente difícil, y esto se refleja también en cómo tratan a las personas mayores. 

 “Admitir que envejecer puede implicar dependencia (aún si se tomaron medidas preventivas) significa reconocer que todos de alguna forma, tenemos responsabilidad  frente a las personas mayores que necesitan de cuidados (se trate o no de familiares o personas cercanas)”.

Quizás un error que cometemos muchos es creer que aceptar una realidad “difícil” nos hace responsables y en consecuencia, deberemos invertir una cuantiosa cantidad de tiempo y energía en atender esa responsabilidad moral.

Si bien es cierto que reconocer conscientemente un problema social implica que debemos hacer algo al respecto, es al mismo tiempo cierto que los recursos y tiempos de toda persona son limitados.

“Un joven o una joven que están intentando hacerse de un lugar en el mundo, difícilmente querrán añadir a su carga de tiempo, preocupaciones y responsabilidades, el cuidado o la atención hacia un adulto mayor”.

Ciertamente, la labor de cuidar puede ser altamente demandante. Precisamente por eso necesitamos sistemas de salud, cuidados y protección social que distribuyan estas responsabilidades de manera más justa. Pero mientras esos sistemas se fortalecen, también podemos hacer algo desde nuestra propia esfera.

No siempre será posible dedicar grandes cantidades de tiempo o recursos al cuidado de una persona mayor. Sin embargo, sí podemos:

  • Evitar la indiferencia
  • Mostrar empatía
  • Ofrecer ayuda cuando esté a nuestro alcance
  • Dar compañía a un adulto mayor, aunque sea por momentos breves
  • Reconocer el enorme esfuerzo que realizan quienes cuidan, tanto de manera formal como informal

Tal vez no se trata de exigirnos a todos convertirnos en cuidadores, sino de construir una cultura en la que cuidar o acompañar- así como aceptar los cuidados- formen parte natural de la vida, en la que la dependencia no sea motivo de vergüenza, ni la vejez una condición que deba justificarse mediante la utilidad”.

Para llevarnos a casa

Más que dejar una conclusión final de este texto, queremos dejar una serie de diez preguntas para la reflexión personal:

Autor: Rocio Erandi Heyer Osorno– Licenciada en Biología y Maestra en Neurociencias, con experiencia en trabajo técnico y de investigación en áreas de neurociencia y biología molecular, asi como en docencia y redacción de textos científicos. Apasionada de la divulgación de la ciencia y el arte

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