Por Juan Pablo Ledesma Heyer. Geriatra clínico y divulgador del proyecto EnvejezSER

No todos los días conmemorativos son para celebrar. Algunos son para importunarnos, para hacernos preguntas incómodas. Son días para recordarnos lo que aún no sabemos hacer bien como sociedad.

El 11 de febrero, Día Mundial del Enfermo, es uno de ellos.

No es un homenaje al padecimiento, ni una fecha para frases hechas. Es una interpelación profunda a cómo tratamos la fragilidad, el dolor, la dependencia, la pérdida de autonomía. En una época que ha logrado avances impresionantes en ciencia y tecnología, aún tenemos una deuda pendiente: cómo acompañar a quien sufre de forma humana, presente, sin reducirlo a su diagnóstico.

Enfermar no es solo un tema médico

La enfermedad no solo impacta al cuerpo: sacude la identidad, desestructura el tiempo, cambia las relaciones. Lo dice con claridad el libro Estoy enfermo, de José Carlos Bermejo y Mari Patxi Ayerra “enfermar es vivir una ruptura en el guion de la vida”. Lo que era cotidiano deja de serlo, lo que se daba por hecho, se tambalea. Aparece el miedo, la tristeza, la rabia y la incertidumbre.En ese proceso, la persona enferma necesita algo más que medicamentos: necesita ser mirada como sujeto, no como “caso clínico”. Necesita compañía, dignidad, y espacios donde pueda seguir siendo quien es, incluso en medio de su fragilidad.

¿Quién cuenta como “enfermo”?

La enfermedad se define a nivel médico como una alteración que afecta la estructura o el funcionamiento de una parte o la totalidad del cuerpo y que suele estar relacionada con signos y síntomas específicos. No obstante, una de las trampas más frecuentes es pensar que “enfermo” es solamente quien tiene un diagnóstico registrado en una historia clínica. Pero la experiencia del sufrimiento va mucho más allá de los criterios médicos. Hay personas con síntomas, con pérdidas, con fragilidades invisibles, que no figuran en ningún expediente pero que también necesitan cuidado y atenciones.

Desde una perspectiva más humana, una persona enferma es aquella cuya vida cotidiana ha dejado de obedecerle: su cuerpo ya no responde igual, su energía cambia, su futuro se vuelve incierto. Y en ese cambio, aparece la necesidad del otro: de una red, de un apoyo, de un sentido.

¿Se puede vivir toda la vida “sanos”?

Depende de cómo definamos salud. La definición clásica de la OMS habla de un “estado de completo bienestar físico, mental y social, y no solamente la ausencia de enfermedad”. Pero eso, llevado al extremo, coloca el ideal tan alto que casi nadie califica como completamente sano.

Hoy, los modelos contemporáneos de salud incorporan conceptos como funcionalidad, adaptación al entorno y calidad de vida. Es decir, se puede estar viviendo una enfermedad crónica y, aun así, tener salud en otros niveles: relaciones significativas, autonomía o sentido de propósito, entre otras.

La salud, entendida así, no es perfección. Es una forma de seguir habitando la vida, aun cuando haya limitaciones.

¿Todos enfermaremos?

La respuesta es sí. Si vivimos lo suficiente, todos pasaremos por alguna forma de enfermedad. En las personas mayores, es común que coexistan varias condiciones crónicas a la vez. Esto no debe entenderse como tragedia, sino como parte de la experiencia humana.

En vez de ocultar la fragilidad, necesitamos aprender a relacionarnos con ella, a construir redes de cuidado, a tener conversaciones honestas sobre lo que significa envejecer, depender y tener que pedir/aceptar ayuda.

Cuidar no es “hacer todo por el otro”

Muchas veces se piensa que cuidar es hacerse cargo completamente del otro. Pero cuidar también es respetar su autonomía, acompañar sus tiempos, no forzar una sonrisa o una actitud positiva cuando no hay fuerzas. Cuidar bien no es solo cuestión de técnicas, sino también de presencia, empatía y humanidad.

El consuelo verdadero viene del corazón y no de un dogma religioso, y muchas veces se expresa esto en gestos pequeños, como en una caricia, una mirada, un silencio, estar ahí simplemente.

Cuidar es escuchar sin interrumpir, estar sin invadir. Es hacer espacio al dolor sin necesidad de mucha explicación.

¿Y quién cuida al que cuida?

Los cuidadores —familiares, profesionales o personas cercanas— son el soporte de millones de personas enfermas. Pero también son uno de los grupos más invisibilizados socialmente. Muchos cuidadores enfrentan agotamiento, culpa, falta de descanso y soledad constantes.

Cuidar bien a alguien implica, también, cuidar al cuidador: validar su cansancio, ofrecerle apoyo, permitirle pausas.

Nadie puede sostener a otro si está emocionalmente colapsado.

Cuidar es una práctica social, no una tarea individual

Lo que necesitamos no es más “héroes o heroínas del cuidado”, sino estructuras sociales que reconozcan y respalden ese trabajo. Familias, comunidades, instituciones y políticas públicas que entiendan que cuidar no es un lujo, sino un derecho.

Las labores de cuidados, aun si son remuneradas (aunque en la mayoría de los casos no lo son) pueden ser extenuantes y al igual que como cualquier otro oficio, se requiere de descansos apropiados y de un reconocimiento justo de lo que implica.

Cinco ideas clave para pensar este 11 de febrero:

  1. La enfermedad no es solo física, también afecta la identidad, los vínculos, y el sentido de la vida de la persona.

  2. No todos los enfermos tienen diagnóstico, pero todos necesitan ser tratados con dignidad.

  3. La salud perfecta es un ideal, no una condición permanente. Lo importante es el equilibrio funcional y emocional.

  4. Cuidar es acompañar, no invadir. Esto implica respetar los tiempos, silencios y decisiones del otro, aun si se encuentra en una situación de vulnerabilidad (y con mayor razón).

  5. Quien cuida también necesita cuidado. La cultura del cuidado debe ser compartida, no sacrificada. No debe nunca sobrecargar a alguien, colapsarlo. Recordemos que todos en algún momento vamos a necesitar de cuidados.

“la mejor estructura o red de atención para un enfermo se establece cuando existe un equilibrio de cuidados y reconocimiento entre todos los que la integran”

Para terminar, invitamos a todos a formar parte de una red de cuidados hacia alguna persona enferma (puede ser alguien cercano o no tanto, un vecino, un amigo de nuestros padres, etc.), no importa si no podemos cuidar muchas horas al día o todos los días: quizás tenemos tiempo el fin de semana, las tardes de los miércoles, las vacaciones. Quizás no podemos realizar las maniobras que hacen los cuidadores principales o el personal de salud que atiende, pero podemos dar compañía, ser escuchas, hacer reír, platicar, dar la mano, estar ahí.

Referencias

Lecturas recomendadas