La medicina contemporánea necesita nombrar aquello que teme. Clasificarlo. Medirlo. Vigilarlo. Así nació la fragilidad.
En geriatría utilizamos el término todos los días. Hablamos de pacientes robustos, prefrágiles o frágiles como si esas categorías alcanzaran a explicar la complejidad de una vida humana. El concepto surgió con una intención muy necesaria e importante: identificar personas mayores con mayor vulnerabilidad biológica para ofrecerles una atención más cuidadosa y menos agresiva. Gracias a ello, muchos pacientes han evitado intervenciones desproporcionadas, hospitalizaciones innecesarias o tratamientos incapaces de respetar los límites reales del cuerpo envejecido.
«En principio, parecía una conquista ética de la geriatría. Reconocer límites. Evitar daños. Humanizar decisiones.»
Pero las ideas médicas también envejecen, se transforman y adquieren nuevos matices, del mismo modo en que maduramos quienes las estudiamos, enseñamos y reproducimos. Con el tiempo, algunos conceptos terminan mostrando consecuencias que inicialmente no alcanzábamos a percibir.
Antes de continuar, quiero expresar mi profunda admiración por los médicos e investigadores que han dedicado años a estudiar la fragilidad humana y a consolidar el concepto de síndrome de fragilidad dentro de la geriatría y la gerontología. Estas líneas no buscan descalificar su trabajo ni disminuir el rigor intelectual que los distingue. Son, simplemente, una invitación a reflexionar sobre los alcances éticos y humanos de las categorías clínicas que construimos.
El reciente artículo publicado en la revista Age and Ageing sobre fragilidad y capacidad intrínseca propone una reflexión importante: ambos conceptos son modelos clínicos útiles, pero representan miradas distintas sobre el envejecimiento.
«La fragilidad enfatiza el déficit acumulado y la vulnerabilidad frente al estrés fisiológico.»
La capacidad intrínseca, propuesta por la Organización Mundial de la Salud (OMS), intenta desplazar la atención hacia las reservas funcionales que la persona todavía conserva: movilidad, cognición, estado psicológico, sentidos, vitalidad.
«Una mirada observa lo que se pierde. La otra, lo que aún permanece.«
Sin embargo, incluso este cambio conceptual merece cautela. Porque detrás de ambos modelos persiste una misma aspiración biomédica: traducir la experiencia humana del envejecimiento en variables medibles. Y no todo lo humano siempre podría ser reducido a métricas.
La vejez siempre ha sido vulnerable. Mucho antes de los índices de fragilidad, los dinamómetros o las escalas pronósticas, el cuerpo humano ya conocía el cansancio, la lentitud y la dependencia parcial. Envejecer implica perder velocidad, fuerza, reflejos. Implica también despedirse de personas, atravesar duelos, aceptar límites.
«La vulnerabilidad no apareció con la geriatría; apareció con la condición humana.»
Lo que sí apareció con la medicina moderna fue la necesidad de intervenirla.
Hoy medimos fuerza de prensión, velocidad de marcha y masa muscular con tecnologías de precisión. Y esas herramientas tienen utilidad clínica real. El problema comienza cuando olvidamos que la herramienta modifica la mirada de quien la utiliza. Nombrar transforma.
Cuando un ser humano es definido como “frágil”, algo ocurre más allá del expediente clínico. Cambia la percepción del médico. Cambia la expectativa de la familia. Cambia incluso la relación de la persona con su propio cuerpo. La etiqueta suele actuar silenciosamente: el individuo empieza a sentirse vulnerable antes incluso de experimentar plenamente esa vulnerabilidad. Algo parecido ocurre en la adolescencia cuando alguien señala una parte de nuestro cuerpo sobre la cual nunca habíamos pensado demasiado —porque simplemente existía y funcionaba— y, a partir de ese instante, comenzamos a mirarla con inseguridad, como si de pronto necesitara corregirse.
«La mirada externa modifica la relación con uno mismo. También sucede con la fragilidad.»
La medicina no sólo diagnostica enfermedades. También fabrica identidades.
Ivan Illich lo advirtió hace décadas en Némesis Médica (1975):
«La expansión del poder médico convierte procesos naturales de la existencia en objetos permanentes de supervisión profesional»
- La tristeza se medicaliza.
- El nacimiento se medicaliza.
- La muerte se medicaliza.
Y lentamente, también la vejez…La fragilidad participa de ese riesgo.
Porque en el momento en que una experiencia existencial —la vulnerabilidad de envejecer— se transforma en síndrome clínico, aparece inevitablemente la tentación de corregirla. Entonces llegan las intervenciones, los suplementos, los protocolos, la vigilancia continua, las restricciones “preventivas”. Y junto con ellas, la iatrogenia. A veces en formas evidentes: polifarmacia, hospitalizaciones innecesarias, tratamientos desproporcionados. Otras veces en formas más discretas y profundas: el anciano que deja de caminar solo “por seguridad”; la familia que limita decisiones para evitar riesgos; el médico que sustituye autonomía por protección.
Al final, somos los médicos quienes terminamos definiendo el tono moral de la relación con la persona mayor. La misma escala clínica puede convertirse en una herramienta de cuidado o en una forma sutil de reducción humana. Medir, diagnosticar y tratar la fragilidad no es, por sí mismo, el problema; el problema aparece cuando el diagnóstico desplaza a la biografía y la vulnerabilidad deja de entenderse como parte de la experiencia humana para convertirse únicamente en un defecto técnico que debe corregirse.
«Cada vez que observamos sólo riesgo, déficit o deterioro, el cuerpo envejecido comienza a administrarse como un territorio peligroso (de riesgo, de vulnerabilidad) y la vida termina subordinada a la vigilancia.»
Tal vez el verdadero desafío de la geriatría contemporánea consiste en no olvidar que ninguna escala contiene una historia de vida. He conocido personas mayores físicamente deterioradas cuya existencia conserva una profundidad conmovedora, y también personas funcionalmente impecables habitadas por una profunda soledad, por ejemplo. La medicina tecnológica comprende cada vez mejor los órganos, pero escuchar una vida sigue siendo mucho más difícil que interpretar indicadores bioquímicos y escalas geriátricas.
Es tiempo de que la herramienta clínica deje de sustituir el arte de mirar de frente al ser humano…

Autor: Juan Pablo Ledesma Heyer. Médico Internista y Geriatra. Conferencista, autor y divulgador de temas relacionados al envejecimiento desde un enfoque integral y humanista. Fundador del proyecto EnVejezSer.
Lecturas recomendadas
Síndrome de fragilidad en el adulto mayor
Envejecer: Lo que vamos entendiendo cuando la prisa se va
Cuidar sin deshumanizar. Seguir siendo personas cuando requerimos de cuidados…

