Cada 28 de agosto, México repite una escena bienintencionada pero profundamente reduccionista:
- fotografías de manos arrugadas entrelazadas con manos pequeñas
- discursos empalagosos que piden «darle un abrazo al ancianito»
- publicaciones que celebran la vejez con una ternura que la infantiliza
Sin darnos cuenta, esos gestos terminan por despojar de su complejidad y estatura humana a quien los recibe. Antes de sumarnos a esa inercia —o de cuestionarla sin más—, vale la pena detenernos a reflexionar:
¿de dónde nace realmente esta conmemoración y qué nombre le debemos a la dignidad en la segunda mitad de la vida?
Sobre el origen de esta fecha circula una bruma de relatos contradictorios. A diferencia de la historia complaciente que muchos hemos escuchado —aquella que atribuía el festejo a la iniciativa piadosa de la esposa de un presidente para consolar a los desamparados—, la evidencia documental no registra tal hecho. Al revisar fuentes periodísticas, institucionales y académicas, esa versión simplemente no sostiene ningún rigor histórico.
Lo que la memoria sí documenta son tres vertientes muy distintas:
- La tradición religiosa: Ubicada en el Porfiriato, vincula el día con San Agustín de Hipona, patrono simbólico de la sabiduría y el pensamiento maduro en el santoral católico.
- El impulso médico: Sitúa la fecha en 1957, durante un congreso encabezado por los doctores Manuel Pelayo y Guillermo Marroquín, quienes propusieron un día dedicado a reflexionar sobre la salud y el lugar social de los mayores.
- La resonancia popular: Atribuye la difusión al locutor chihuahuense Edgar Gaytán Monzón, quien en 1994, desde su programa radiofónico La Hora Azul, instaló la conmemoración en la vida diaria de sus oyentes.
Ninguna de las tres reclama el monopolio de la verdad. Y esa ambigüedad es reveladora:
la fecha no emergió de un decreto rígido, sino de la suma de intentos —médicos, comunitarios y culturales— por darle un lugar en el calendario a algo que la sociedad mexicana llevaba tiempo sin nombrar bien.
Donde el camino sí es claro es en la evolución del lenguaje oficial:
- 1983: Tras la Primera Asamblea Mundial sobre el Envejecimiento de la ONU (1982), se celebra por primera vez un reconocimiento institucional en la Ciudad de México.
- 1998: Se decreta formalmente la fecha nacional bajo un término que hoy nos resulta incómodo: «Día del Anciano».
- 2002: Con la Ley de los Derechos de las Personas Adultas Mayores, la denominación cambia a «Día del Adulto Mayor», hasta consolidar el uso de «Día Nacional de las Personas Adultas Mayores».
Ese tránsito en la nomenclatura no es un simple formalismo burocrático. Es la historia, en cámara lenta, de cómo un país aprende a dejar de hablar de la vejez como una categoría biológica y empieza a poner en el centro a la persona.
Conviene también deshacer una confusión frecuente:
«el 28 de agosto no es la fecha que establece la ONU«
La Organización de las Naciones Unidas fijó el 1 de octubre como el Día Internacional de las Personas de Edad, una conmemoración global observada desde 1991. México construyó su propio camino, entretejido con la cultura popular y el santoral.
Ambas fechas son legítimas, pero responden a genealogías distintas y conviene no confundirlas.

Desde la labor de divulgación que impulsamos en EnVejezSer, sostenemos una premisa fundamental: el ser no se diluye con los años. No hay una edad en la que una persona deje de serlo para convertirse en una figura decorativa a la que hay que palmear la espalda una vez al año.
El envejecimiento no es fragilidad obligatoria ni una dulce retirada del mundo: es una etapa de la vida profundamente viva, diversa y merecedora de autonomía.
Por eso, esta fecha se vuelve una oportunidad perdida cuando se queda en la lógica del «sé bueno con los viejitos por un día».
El edadismo más difícil de erradicar no siempre llega en forma de rechazo o insulto; a menudo se viste de cariño, compasión y sobreprotección. Se anula a una persona mayor cuando se le despoja de su capacidad de decidir, de aprender, de equivocarse o de seguir participando en su comunidad.
Propongo habitar este día desde un lugar distinto. No como la jornada para compadecer a otros que envejecen, sino como un ejercicio de honestidad para mirar nuestro propio proceso.
La persona mayor que hoy exige respeto y espacios no es un sujeto lejano: es quien seremos nosotros en unos años.
Envejecer no es algo que les pasa a los demás; es el camino natural de todo ser humano que tiene la fortuna de acumular tiempo.
La dignidad no se pierde con la fragilidad física, ni se gana siendo «útil», ni se concede como un regalo en agosto. El tiempo que resta por vivir es tiempo valioso, pleno de posibilidades para seguir perteneciendo, creando y vinculándonos con los demás.
Que este 28 de agosto no sea el día de dar un abrazo paternalista a quien ya llegó ahí. Que sea la oportunidad de preguntarnos, con rigor y empatía, qué clase de vejez queremos construir para nosotros mismos y qué comunidad estamos dispuestos a crear para sostenerla con dignidad, respeto y sentido.
Porque envejecer no es dejar de ser. Envejecer es seguir siendo...

Autor: Juan Pablo Ledesma Heyer. Médico Internista y Geriatra. Conferencista, autor y divulgador de temas relacionados al envejecimiento desde un enfoque integral y humanista. Fundador del proyecto EnVejezSer.
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