Por el Dr. Juan Pablo Ledesma Heyer. Geriatra clínico y divulgador del proyecto EnvejezSER
Hoy queremos hablar sobre lo difícil que es cuidar a alguien que no se deja cuidar, cuidar a alguien que vemos que necesita ayuda pero no la pide. En el fondo, dejarse cuidar para muchos significa que empiezan a perder valor, su dignidad. Los familiares o cuidadores solemos interpretarlo como falta de humildad “queremos ayudarte pero te resistes, deja el orgullo”
Efectivamente, hemos logrado el milagro demográfico de la longevidad, vivimos mucho más que hace 50 o 100 años. Pero hemos fracasado en construir una cultura del cuidado que no sea percibida como una sentencia de muerte civil.
“Vivir más implica, inevitablemente, necesitar más tiempo de otros”
Esa brecha entre la biología y la autonomía es el campo de batalla, donde los que nos dedicamos a la geriatría y a la gerontología tenemos mucho trabajo que hacer.
Con el avance de la medicina, la tecnología y los cuidados, prolongamos la dependencia, la enfermedad y las situaciones asociadas. Sin embargo, desde la geriatría clínica contemporánea debemos entender la resistencia al cuidado, no como un déficit, sino como una última defensa del yo.
Ahí está Alberto, desde pequeño trabajó, se valió por sí mismo, siempre fue fuerte, siempre salió adelante con poca o nula ayuda. Fue un excelente proveedor y protector de los suyos. Ahora Alberto tiene 84 años y se cae con frecuencia, no es simple falta de equilibrio. Ha llegado un punto en que necesita apoyarse de una caña, una vara para proteger su integridad física, sin embargo, se niega rotundamente a utilizar un bastón. Su hija se encuentra desesperada y cada vez que sugiere a su papa el uso de un bastón, éste se enoja e incluso le levanta la voz. Esta es la resistencia al cuidado y es un fenómeno normal. Puede verse como una autonegligencia, pero este grito desesperado más bien refleja a alguien que prefiere correr un riesgo físico a la tutela emocional.
¿Cómo es esto posible?
La teoría de la selectividad socioemocional (desarrollada por la investigadora Laura Carstensen) explica que cuando nos damos cuenta de que ya no nos queda tanto tiempo de vida, nos enfocamos en priorizar o dar atención a nuestras necesidades emocionales inmediatas. Para Alberto, la satisfacción de sentirse el jefe de su casa y dueño de sus acciones hoy, es superior al beneficio de no fracturarse la cadera mañana. Es una jerarquía de valores que la medicina convencional rara vez comprende, y que hay que entender, ya sea como familiares, como personas que estamos envejeciendo o como prestadores de servicios de salud.
Nosotros que estamos allí, como médicos, enfermeras, gericultistas o acompañantes, debemos aprender a entender que la persona necesita autovalidarse y seguir sintiendo. La resistencia, es una fase del duelo. Estamos muy a tiempo de enseñarnos a nosotros mismos y de enseñarles a los pequeños que envejecer no significa ser menos y que no significa dejar de ser uno mismo tampoco.
Muchos ancianos regulan sus emociones y ocultan sus necesidades físicas por una culpa paralizante: el miedo a ser una carga. Paradójicamente, el miedo a incomodar les lleva a rechazar la ayuda, generando un conflicto mayor. Entonces, se hace necesario aceptar que somos frágiles sin que esa fragilidad nos borre como sujetos de derechos ni de deseos.
El clímax entre el encuentro de un cuidador y una persona mayor que necesita cuidados es el pacto de interdependencia. Este pacto implica un contrato simbólico en el cual la persona dependiente acepta su necesidad a la vez que su cuidador reconoce su propia vulnerabilidad, asumiendo que él en algún momento de su vida también va a necesitar que le cuiden. Se trata de una humildad compartida.
“Cuidar sin dominar y aceptar los cuidados sin desaparecer como persona”
Este es quizás uno de los retos éticos más grandes de nuestra civilización. Pero, ¿cómo se puede lograr esto en la vida práctica?
Dejamos 5 consejos para que una persona mayor aprenda a dejarse cuidar por otros:
- Ofrecer opciones y no órdenes. En lugar de decir “es hora de bañarte” podemos decir ¿prefieres bañarte antes o después de desayunar?
- La regla de la ayuda mínima necesaria. No hacer lo que ellos pueden hacer por sí mismos; aunque lo hagan lento, aunque no lo hagan tan bien como tú, intervenir sin que sea realmente necesario genera indefensión aprendida y puede afectar la autoestima.
- Vincula la ayuda con sus propios deseos. Si se niega, por ejemplo, a usar la andadera, no decirles que se van a caer o a fracturar, mejor decirles que con el uso de la andadera pueden ir al lugar que tanto le gusta.
- Valida sus emociones, valida su duelo antes de proponer una solución. Validar sus emociones es especialmente importante para un adulto mayor. Preguntarnos a nosotros mismos, ¿por qué se resiste? ¿Que se sentirá tener que caminar lento porque no podemos hacerlo más rápido y que los demás caminen como si nada? ¿cómo se sentirá el que tengan que ayudar a limpiar tus partes íntimas? Se les puede decir con afán de validar lo que sienten “sé que es frustrante y que te molesta que tenga que ayudarte con esto, pero vamos haciéndolo juntos”
- Utiliza el nosotros como alianza terapéutica. Cambia el lenguaje individualista por uno que sea más relacional. Por ejemplo, “papá, necesitamos implementar este apoyo, un bastón serviría de mucho para que estemos tranquilos y tú sigas siendo el jefe de esta casa, para que te puedas mover con mucha más libertad”
Para concluir, no desplacemos, no invalidemos a nuestro adulto mayor. Si queremos que se deje ayudar por otros, hagamos que el cuidado sea un proyecto en equipo para beneficio de ambos, y no una imposición unilateral.
Aceptar ayuda, por tanto, no es hundirse, sino reconocer con paz que somos humanos, finitos, y profundamente interdependientes. Dejarse ayudar no significa perder poder, sino abrir un espacio para la reciprocidad. Que no se nos olvide nunca.
“Porque cuidar es un honor. Pero dejarse cuidar… dejarse cuidar es un arte”



