Los organofosforados son una familia de compuestos químicos altamente tóxicos derivados del fósforo. Son particularmente conocidos por su uso como pesticidas, aunque también se han utilizado como agentes neurotóxicos para guerras químicas (ya que pueden alterar significativamente el funcionamiento del cerebro).
Con el tiempo, y a partir de la evidencia sobre sus efectos nocivos en la salud humana, muchos países han establecido regulaciones estrictas para limitar su uso (al mismo tiempo que se han desarrollado pesticidas con menor toxicidad); sin embargo, en varias regiones del mundo todavía se utilizan sin regulación alguna.
Por lo anterior, ha cobrado creciente importancia el estudio de su impacto en el sistema nervioso, en particular la posible relación entre la exposición a organofosforados y el desarrollo posterior de la enfermedad de Parkinson, especialmente en personas con mayor nivel de exposición a ellos.
¿Qué efectos tienen sobre el organismo los organofosforados?
La exposición a estos compuestos, incluso en niveles bajos o moderados, puede afectar al sistema nervioso. Entre los síntomas más comunes están náuseas, vómitos, temblores musculares y, en casos más graves, convulsiones. En situaciones extremas, pueden causar dificultad para respirar e incluso la muerte.
Estos efectos ocurren porque los organofosforados interfieren con el funcionamiento normal de las neuronas. Lo hacen principalmente al bloquear una enzima llamada acetilcolinesterasa (enzima que se encarga de degradar el neurotransmisor acetilcolina) lo que provoca una estimulación excesiva de ciertas partes del sistema nervioso.
¿Cómo nos exponemos a ellos?
Las personas pueden estar expuestas a estos pesticidas de distintas formas: al consumir alimentos contaminados, al inhalarlos, al absorberlos a través de la piel o incluso por contacto con polvo que los contiene. Vivir en lugares donde se utilizan pesticidas, trabajar en el campo o convivir con personas que están en contacto con ellos también aumenta el riesgo de exposición.
Se ha visto que incluso el uso doméstico frecuente de insecticidas que contienen organofosforados puede significar una exposición relevante.
Un aspecto importante es que el daño al sistema nervioso no siempre aparece de inmediato. En algunos casos, los primeros signos de deterioro neurológico pueden manifestarse días, semanas o incluso meses después de la exposición.

¿Qué relación tienen con el Parkinson?
La enfermedad de Parkinson es una enfermedad cerebral progresiva que se caracteriza por afectar el movimiento —provocando temblores, rigidez y lentitud—, pero también puede causar síntomas no motores como problemas del sueño, cambios en el estado de ánimo o dificultades cognitivas.
A nivel interno, esta enfermedad se relaciona con la pérdida de ciertas neuronas en el tallo cerebral que producen dopamina (una sustancia clave para el control del movimiento) y con acumulaciones anormales de ciertas proteínas en las neuronas llamadas cuerpos de Lewy.
En los últimos años, diversos estudios han encontrado que la exposición a pesticidas aumenta el riesgo de desarrollar Parkinson. Si bien, los mecanismos por los cuales los organofosforados pudieran aumentar este riesgo no se conocen con exactitud, se cree que lo hacen a través de diferentes acciones de corto y largo plazo sobre el cerebro:
- Interfieren con la enzima acetilcolinesterasa (una enzima que se encarga de metabolizar la acetilcolina, un neurotransmisor importante en el cerebro), que da lugar a un hiperestimulación neuronal.
- Pueden causar estrés oxidativo en el cerebro.
- Pueden alterar el funcionamiento de las mitocondrias (las estructuras que producen energía en las células, incluidas las neuronas).
- Desencadenan respuestas de inflamación en el cerebro que a largo plazo pueden afectar su funcionamiento normal.
¿Qué evidencia hay al respecto?
Son varios los estudios que reportan una asociación entre la exposición a organofosforados y la incidencia de enfermedad de Parkinson. Muchos de estas investigaciones se han realizado en poblaciones de la zona central del estado de California, una de las regiones agrícolas más extensas de los Estados Unidos (EUA). Aquí mencionamos algunos de los hallazgos más notorios:
- Un estudio del año 2006 reportó una incidencia 70% mayor de enfermedad de Alzheimer en las personas que reportaron haber estado expuestas previamente a plaguicidas, ya sea a través de prácticas agrícolas, ganadería o pesca (Ascherio et al. 2006).
- Un estudio en poblaciones de tres condados diferentes de California central encontró que el uso frecuente de productos químicos para uso doméstico que contenían organofosforados aumentó las probabilidades de desarrollar enfermedad de Parkinson en un 71% (Narayan et al., 2013).
- Otro estudio en la zona central de California encontró fuertes asociaciones entre la enfermedad de Parkinson y la exposición a pesticidas con organofosforados, particularmente en aquellas personas que presentaban ciertas variantes del gen NOS1 (el gen NOS1 contiene la información para la síntesis de una enzima que produce óxido nítrico en el cerebro) (Paul et al., 2015).
- En la misma región (California central), se encontró que el uso laboral (principalmente agrícola) durante más de 10 años de diferentes plaguicidas (varios de los cuales contenían organofosforados) aumentó al doble el riesgo de padecer la enfermedad de Parkinson (Narayan et al. 2017).
¿Qué se puede concluir de todo eso?
Más allá de su eficacia como pesticidas en el ámbito agrícola, los organofosforados plantean un dilema importante entre la productividad y las consecuencias para la salud.
La evidencia disponible sugiere que su uso no está exento de consecuencias a largo plazo sobre la salud cerebral, especialmente en personas con contacto frecuente o prolongado. Aunque faltarían más estudios para saber con certeza los mecanismos por los cuales estos compuestos pueden contribuir a desarrollar la enfermedad de Parkinson, es de mayor importancia que se fortalezcan cuanto antes medidas de prevención, regulación e investigación, vistas como una responsabilidad social.
Además, es necesario fortalecer la concientización en la población sobre los potenciales efectos a largo plazo sobre la salud de diferentes agentes químicos (no solamente los organofosforados), tanto aquellos cuyo perfil de seguridad aún no ha sido completamente estudiado como los que ya han sido identificados como tóxicos.
Estos compuestos se utilizan en múltiples sectores laborales, no solo en el ámbito agrícola, sino también en la industria cosmética, textil, alimentaria y de la construcción, entre otros.
Referencias
Ascherio, A., Chen, H., Weisskopf, M. G., O’Reilly, E., McCullough, M. L., Calle, E. E., Schwarzschild, M. A., & Thun, M. J. (2006). Pesticide exposure and risk for Parkinson’s disease. Annals of neurology, 60(2), 197–203. https://doi.org/10.1002/ana.20904
Chen, Y., Yang, Z., Nian, B., Yu, C., Maimaiti, D., Chai, M., Yang, X., Zang, X., & Xu, D. (2024). Mechanisms of Neurotoxicity of Organophosphate Pesticides and Their Relation to Neurological Disorders. Neuropsychiatric disease and treatment, 20, 2237–2254. https://doi.org/10.2147/NDT.S479757
Narayan, S., Liew, Z., Bronstein, J. M., & Ritz, B. (2017). Occupational pesticide use and Parkinson’s disease in the Parkinson Environment Gene (PEG) study. Environment international, 107, 266–273. https://doi.org/10.1016/j.envint.2017.04.010
Narayan, S., Liew, Z., Paul, K., Lee, P. C., Sinsheimer, J. S., Bronstein, J. M., & Ritz, B. (2013). Household organophosphorus pesticide use and Parkinson’s disease. International journal of epidemiology, 42(5), 1476–1485. https://doi.org/10.1093/ije/dyt170
Paul, K. C., Sinsheimer, J. S., Rhodes, S. L., Cockburn, M., Bronstein, J., & Ritz, B. (2016). Organophosphate Pesticide Exposures, Nitric Oxide Synthase Gene Variants, and Gene-Pesticide Interactions in a Case-Control Study of Parkinson’s Disease, California (USA). Environmental health perspectives, 124(5), 570–577. https://doi.org/10.1289/ehp.1408976

