El síndrome del nido vacío ¿cómo transformar la ausencia en nuevas oportunidades?

Cuando hablamos de «síndrome de nido vacío» nos referimos a una serie de emociones y cambios en el bienestar que experimentan algunas madres o padres cuando sus hijas o hijos se van de casa para iniciar una vida independiente.

Aunque la expresión «nido vacío» ya se utilizaba anteriormente, el concepto de «síndrome del nido vacío» comenzó a tener mayor presencia en la literatura clínica y popular durante la década de 1970, para describir las dificultades emocionales que algunos padres experimentaban cuando sus hijos dejaban el hogar.

¿Qué hay detrás del “nido vacío”?

Que las hijas e hijos crezcan, y eventualmente hagan su propia vida, forma parte del ciclo familiar. Las exigencias en tiempo y esfuerzo de la maternidad y la paternidad por tantos años pueden convertirse en una parte central de la vida:

  • los cuidados
  • la organización de la casa
  • los horarios de escuela o actividades extracurriculares
  • tomar decisiones constantes en torno a ellos

Si bien, van creciendo y las rutinas familiares cambian a medida que se hacen más autónomos, el papel protector y las actividades que se construyen alrededor de nuestras hijas e hijos hacen que, cuando finalmente se van de casa, no solo cambie el hogar:

«también el papel que las madres y padres tienen dentro de él».

El síndrome del nido vacióse puede expresar como:

  • Tristeza constante
  • Sensación de vacío
  • Soledad
  • Preocupación
  • Sentir que se pierde sentido de propósito
  • Dificultad para adaptarse a la nueva dinámica familiar

Sin embargo, no se considera un diagnóstico médico o trastorno psicológico reconocido como tal. Más bien, se trata de una descripción cultural de las emociones y experiencias que viven muchas madres o padres durante la etapa de transición posterior a que sus hijos se independizan.

Esto no significa que todas las familias atraviesan una crisis cuando sus hijas o hijos se van de casa. Para algunas, la transición es tranquila e incluso satisfactoria.

La partida de los hijos puede dar lugar a sentimientos de nostalgia, tristeza o soledad, pero también puede abrir nuevas oportunidades para recuperar actividades que nos agradan, fortalecer la relación de pareja (cuando la hay) y redescubrir el gusto por estar «con nosotros mismos». Foto tomada de pexels

¿Cómo verle el lado bueno a la partida de nuestras hijas o hijos cuando nos está costando trabajo adaptarnos?

Si bien, su salida en un primer momento puede sentirse únicamente como una pérdida («es válido sentirlo así y pasar por un proceso de adaptación emocional”), también es una oportunidad para recuperar intereses y pasatiempos que dejamos de lado mientras estábamos “embebidos” en las labores de la crianza. Puede ser una oportunidad para:

  • Fortalecer la relación de pareja (cuando la hay)
  • Cultivar las amistades
  • Iniciar nuevos proyectos
  • Descubrir qué queremos hacer con nuestro tiempo propio

A veces, deslindarnos de las tareas de cuidados y acompañamiento brinda una nueva oportunidad para conocernos a nosotros mismos, recordar o descubrir qué nos apasiona, para aprender cosas nuevas, para tener más espacios de reflexión personal y para el autocuidado.  

Sin embargo, en cada persona el proceso puede ser diferente, y para algunas personas, puede resultar una transición difícil de llevar. En estos casos puede servir:

  • Permitir la tristeza. Extrañar, sentir nostalgia o tener días en qué nos sentimos más mal de lo normal, puede formar parte de la adaptación y no significa que se esté llevando mal el proceso ni que así será siempre.
  • Mantener el vínculo de una nueva manera. Acordar llamadas, comidas, visitas o actividades con nuestras hijas o hijos permite conservar la cercanía y sentir que el vínculo sigue, aunque ya no estén bajo el mismo techo.
  • Recuperar espacios propios. Retomar pasatiempos, amistades, viajes, ejercicio, lectura o actividades que se dejaron relegadas pueden ayudar al bienestar emocional y a recuperar o mantener el sentido de propósito.
  • Crear nuevas rutinas. El cambio de horarios o no tener tantas actividades como antes puede dejar una sensación de vacío. Programar actividades en el día ayuda a darle estructura a esta nueva etapa.
  • Fortalecer otras relaciones. Pareja, amigos, hermanos, vecinos y otros miembros de la comunidad pueden adquirir un papel más importante cuando los hijos dejan de estar presentes todos los días.
  • Hacerse nuevas preguntas. Después de tantos años centrados en las necesidades de los hijos, puede ser un buen momento para preguntarse: ¿Qué quiero hacer ahora? ¿Qué me interesa? ¿Cómo puedo iniciar esta nueva etapa?
  • Redefinir el papel de padre o madre. Nuestras hijas o hijos pueden seguir necesitando apoyo, pero de otra manera. Pasar de cuidar todos los días a acompañar, escuchar y respetar su autonomía también es una forma de mostrarles afecto.
  • Buscar ayuda si el malestar sigue. Si la tristeza, ansiedad, aislamiento o pérdida de interés se mantienen durante mucho tiempo, hablar con un profesional de salud mental puede ser importante para llevar el proceso.

¿Qué pasa cuando el nido vacío deja en evidencia problemas de la pareja que se han disimulado por años en el hogar?

Cuando los hijos se van de casa, pueden salir a la luz problemas que durante años permanecieron ocultos, disimulados por las responsabilidades de la crianza y el ritmo de la vida familiar.

Una pareja que durante décadas compartió la tarea de criar puede enfrentarse a que, más allá de ese objetivo común, hay distancia emocional, problemas para comunicarse o intereses que ya no comparten.

También pasa que alguno de los padres (mayormente las madres) se da cuenta que dedicó tanto tiempo a cuidar de los demás que perdió de vista sus propias necesidades y proyectos personales.

Mientras los hijos estaban en casa, las actividades diarias daban estructura, motivos para convivir y objetivos compartidos. Cuando se van, se modifica esta dinámica y puede confrontar a la pareja con preguntas como:

¿qué nos une ahora?,

¿qué hemos dejado de lado?

¿cómo queremos vivir esta nueva etapa juntos?

Para algunos, reconocer esto puede ser doloroso, porque implica aceptar que quizá la relación no es como se imaginaban o que existen necesidades que llevan años sin atenderse. Pero también puede ser el comienzo de una nueva etapa:

  • una oportunidad para hablar de lo que se ha callado
  • de reconstruir el vínculo
  • de recuperar aspectos de la vida personal que se habían hecho a un lado (como tener mayor intimidad, actividades compartidas y charlas más personales).

Por otro lado ¿Qué ocurre cuando los hijos se van y no tenemos pareja?

Un divorcio previo, una separación, enviudar o simplemente haber criado en solitario pueden hacer que cuando se van de casa nuestras hijas o hijos:

  • La casa se sienta más vacía (sobre todo si no vive nadie más ahí)
  • Sentimos que perdimos parte de nuestra identidad
  • Podemos enfrentarnos a un sentimiento constante de soledad (sobre todo si no tenemos otros vínculos cercanos)

Afrontar una casa en la que ya no viven nuestras hijas o hijos y donde tampoco hay una pareja puede ser un proceso emocionalmente complejo. En estos casos puede servir:

Transformar la casa: reorganizar espacios puede ayudar a sentir que empezamos una etapa en la que damos un nuevo lugar a nuestras necesidades e intereses propios.

Procurar vínculos más allá de los hijos: Esto es muy importante, acercarnos a familiares, amistades e incluso colegas o vecinos con los que podamos formar (o retomar) vínculos sanos y significativos.

Recuperar intereses que quedaron pendientes: esa clase de yoga, retomar la lectura, escribir, viajar o comenzar alguna actividad que siempre quisimos hacer (y que antes no teníamos tiempo) es una buena oportunidad de reconectar con nosotros mismos y encontrar propósito.

Buscar nuevas maneras de sentirte parte de algo: Participar en actividades comunitarias, grupos vecinales, culturales o religiosos, voluntariados o espacios de aprendizaje ayuda a fortalecer el sentirse “parte de algo”.

Importante:

No es lo mismo estar solo que sentirse solo. Vivir solo no significa que vives en soledad, pero tampoco que debes convertirte en alguien autosuficiente o que deja de necesitar compañía.

Autor: Rocio Erandi Heyer Osorno– Licenciada en Biología y Maestra en Neurociencias, con experiencia en trabajo técnico y de investigación en áreas de neurociencia y biología molecular, asi como en docencia y redacción de textos científicos. Apasionada de la divulgación de la ciencia y el arte.

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