Creo con bastante certeza que parte del miedo a envejecer es sentir que el tiempo se nos va y que no hemos hecho mucho de lo que queríamos.
Volvemos de vez en vez a ese niño o niña, a esa jovencita o jovencito que quería comerse el mundo, que decía “yo haré esto y haré esto otro” “lograré esto y esto otro también”. El mundo parecía un baúl lleno de promesas que, con una buena dosis de esfuerzo y determinación, se podría abrir a nosotros. Y como a casi todos nos pasa, nos llegó la vida:
los problemas, lo que no esperábamos, las responsabilidades, las preocupaciones, aquello que resultó más difícil de lo que pensábamos, y por unas u otras, de repente ya acumulamos una cantidad de décadas y cuando volvimos la vista atrás, en efecto, quedaron muchas cosas pendientes por cumplir.
¿Qué nos pasó? ¿Cómo se fueron tantos años? ¿Qué hice todo ese tiempo?
Quizá lo más difícil de esa pregunta sea reconocer que algunas oportunidades sí pasaron o que muchas cosas no las hicimos por miedo o por incertidumbre.
Al mismo tiempo, mucha parte de la vida se va en las responsabilidades diarias: en estudiar, las labores del hogar, traer un ingreso a la casa, cuidar etc, etc. Finalmente nos tenemos que integrar a la vida: puede haber otras personas o causas que dependan de nosotros.
“No siempre dejamos nuestros sueños de lado por falta de ganas o de esfuerzo, sino porque había otras cosas que atender y que no podían esperar.”
Muchas veces hacíamos lo necesario para el día a día sin contemplar que los años se pasan tan rápido. Otras veces, el miedo a empezar o el esfuerzo que esto implicaba nos hacían posponer indefinidamente aquello que tanto queríamos.
Otras, embebidos en resolver lo más indispensable del momento se nos hizo pequeño el mundo, y no nos dimos cuenta de que lo podíamos hacer de otra manera.
Es cierto que nuestros recursos de tiempo y energía son limitados, y a fin de cuentas, no siempre somos libres de elegir o tomar decisiones en base a nuestros propios deseos sin que eso implique dejar nuestras responsabilidades de lado. Por eso, pienso que más que preguntarnos por qué no hicimos esto y el otro, quizás convenga que reconozcamos las circunstancias de aquellos momentos y que nos hagamos unas cuantas preguntas de forma sincera:
¿Qué requería de mí la vida en esas etapas?
¿Qué responsabilidades ocupaban mi tiempo y mi energía?
¿Me estoy juzgando con la información y la perspectiva que tengo hoy, olvidando aspectos importantes o incluso detalles de lo que vivía en ese entonces?
¿Qué de aquello que alguna vez quise hacer sigue siendo importante para mí y qué puedo hacer hoy para empezarlo?
Creo que parte de aprender a vivir es ponernos de vez en vez a reflexionar acerca del trasfondo de nuestras decisiones (sin que esto se haga con afán de “auto juzgarnos”):
en lugar de comparar lo que queríamos con lo que tenemos ahora o de “ennumerar” nuestras metas alcanzadas, envejecer significa entender que muchas cosas resultan diferentes de lo que pensábamos, que quizás sí cumplimos algunos o varios de sueños pero de otra forma, que aportamos de maneras distintas a lo que pensábamos, que inmersos en el caos de la realidad, entre nuestros propios deseos, los de quienes nos rodean y las exigencias de una vida práctica que nunca se detiene, dimos algo de nosotros
“quizás más de lo que creemos”.
No. No se trata de caer en la resignación: a veces la vida nos hace entender que era difícil alcanzar aquello que queríamos, otras, dejamos de quererlo (en ocasiones sin darnos cuenta) y ahora queremos algo diferente, otras veces, nos sigue dando vueltas en la cabeza y aún lo queremos. Aquí es donde creo que vale la pena intentarlo, aunque ya no sea con los mismos recursos ni de la misma manera:
tal vez ya no tenemos las condiciones de estudiar una carrera completa, pero si podemos tomar un curso afín. Quizás ya no podamos dedicarle todo el tiempo que quisiéramos a esa actividad que nos apasiona, pero si podemos adaptarla a nuestro ritmo y posibilidades del momento.
«Porque tampoco podemos caer en la trampa de pensar que el tiempo se debe aprovechar al máximo y que esto significa llenar nuestra agenda de actividades y pendientes por cumplir».
Preocuparnos en exceso por “no desperdiciar nuestro tiempo” sería, a fin de cuentas, sustituir un mal por otro:
el de sentir que no hemos hecho lo suficiente, por la presión de tener que hacerlas todas antes de que sea “muy tarde”.
Se trata, más bien, de preguntarnos qué sigue siendo importante para nosotros, y qué podemos hacer hoy para darle un lugar en nuestra vida.
Además, algo que me ha quedado claro con la experiencia es que descansar, compartir una comida o una plática con seres queridos, caminar sin prisa, observar con detenimiento o pasar una tarde sin responsabilidades es otra forma de disfrutar la vida, e incluso de aportar.
“Muchas veces esos espacios sin obligaciones dan lugar a lo espontáneo, y es en lo espontáneo donde encuentran su voz las necesidades más profundas del alma.”
Quizá el verdadero reto no sea llegar a la vejez con una lista de sueños o metas cumplidas, sino aprender a observar nuestra historia desde otra perspectiva, y encontrar en esto una guía para decidir cómo queremos vivir lo que sigue:
no desde “todo lo que no hice” sino de lo que «sí hice y por qué». En reconocer que las circunstancias no siempre se alinearon a nuestros deseos y que muchas veces, hicimos lo mejor que pudimos con los recursos de ese momento.
Podremos lamentar algunas decisiones sin que por eso condenemos nuestro pasado, y podremos sentir nostalgia por muchas cosas sin que por eso dejemos de ver lo que todavía podemos hacer…
Tal vez, preguntarnos lo siguiente ayude a distinguir entre los deseos que siguen vivos en nosotros y las expectativas que hemos cargado con el tiempo, para reconocer qué vale la pena intentar y qué podemos dejar ir sin culpa:
¿Qué siento que me falta por hacer?
¿Realmente lo quiero hacer o solamente creo que lo debo hacer?
¿Por qué lo pospongo y que me impide empezar hoy?
¿Estaría dispuesto a sacrificar esto u otro que ahora valoro en mi vida (de ser necesario) por eso que tanto soñé hacer?
“Parte de envejecer es aprender a distinguir entre lo que ya no es posible, lo que hay que aceptar y lo que aún merece una oportunidad.”
No quisiera terminar este escrito sin mencionar que reflexionar sobre nuestra vida, especialmente cuando aparecen las culpas y los cuestionamientos, puede sentirse como un camino muy solitario. Sin embargo, las dudas, los miedos y las frustraciones que acompañan el paso del tiempo son experiencias que, en mayor o menor medida, compartimos todos. Quizá por eso sea tan importante crear o buscar un espacio para hablar de ellas, compartirlas y reconocer que, en algún momento de la vida, casi todos hemos tenido pensamientos y sentimientos parecidos.
“A veces, descubrir que no estamos solos en nuestras dudas y temores nos permite ver nuestra historia con más comprensión y abrirnos con mayor libertad a las posibilidades que aún nos ofrece la vida.”

Autor: Rocio Erandi Heyer Osorno– Licenciada en Biología y Maestra en Neurociencias, con experiencia en trabajo técnico y de investigación en áreas de neurociencia y biología molecular, asi como en docencia y redacción de textos científicos. Apasionada de la divulgación de la ciencia y el arte.
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